martes, 7 de marzo de 2017

Cardenio

Se rompió el “siempre” en tu boca; en la mía
sangraron tus besos ausentes;
te fuiste sin mirarme, indiferente
al cadáver que a tus pies yacía.

El frío llenó mis párpados del hielo
con que la soledad besaba mi frente,
mientras brotaban lágrimas de la fuente
de mi mirada, condenada al destierro.

Lloraba ese día el cielo,
testigo mudo y silencioso de tu crimen,
conociendo que no hay quien te incrimine
por la sangre que empapaba mi pecho.

Hoy, solo el triste epitafio de estos versos
recuerdan la historia de mi muerte,
diciendo, alto y claro a quien se acerque:
“El amor se enterró en este agujero”.



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