domingo, 11 de septiembre de 2016

Eternidad

Llueve, y el agua empapa mi cuerpo. Las lágrimas que brotan de mis ojos se confunden con la tormenta de alrededor. Las alcantarillas tragan todo lo rápido que pueden, pero no consiguen llevarse tu recuerdo. Una noche más, cojo el lápiz, y me pongo a escribir que te echo de menos. Por si mi dolor se diluye como la tinta bajo este aguacero. Pero no.

Una noche más, vengo a decir que lo siento. Que un error puede destruir muchas vidas. Que un error cometido por un panadero incendió toda la ciudad de Londres. Que un error dejó la torre de Pisa inclinada. Pero que, hoy por hoy, y por eso, es más bonita.

Que mi error nos ha costado muchas vidas. Nos ha costado un futuro que nunca conoceremos, por lo menos tal como fue concebido. Que la tierra se partió en dos, y el cielo lloró sobre nuestros fantasmas en el césped de aquel parque alejado. Y todavía quedan las huellas de unos neumáticos tristes  avanzando, y unas lágrimas cobardes en la tierra que nos vio morir.

Que el frío de la lluvia en mi piel no se compara con el que dejó tu ausencia en mi alma. El frío de saber que fuiste tú mismo quien se quitó el abrigo, y se quedó desnudo pensando que en el siguiente camino siempre sería verano.

El frío de saber que estabas genial. Que quisiste estar mejor. Y que aquí estás. Que a tus ojos se abrían miles de posibilidades, brillantes como diamantes; miles de posibilidades como oasis en el desierto. Pero lo que hiciste fue abandonar el único oasis que encontraste en tu vida, que calmaba tu sed, por ir a aquellas lejanas visiones que terminaron siendo espejismos. Y aquí estás, muriendo de frío en la noche del desierto.

Que se puede decir, que me lo merezco, por tonto. Que no hay nada a lo que tenga derecho. Que a veces se gana, y a veces se pierde. Y a veces, se pierde para siempre. Y hay errores insubsanables, incorregibles, que no borra ni el tipex.

Y todo acaba hundido, yéndose a pique. En un mar de escombros, de recuerdos fragmentados de una historia demasiado corta, que estaba destinada a durar más vidas.

Que quizá, como dice la canción, tenga más suerte, y me regalen otra vida en la que pueda conocerte. Con más detenimiento. Y pueda susurrarte, limando los detalles, buscando los sabores. Que quizá, tenga más suerte.

Pero quizá, solo haya una vida. Y haya desperdiciado la oportunidad de hacer algo grande en ella, a tu lado. Porque cada día contigo ya era grande. Porque no había muros que pudieran detenernos, ni separarnos.

Porque, lo sabes, somos iguales. Que Dios nos creó, como la horma exacta de nuestras ilusiones. Que encajábamos mejor que la música y el cine. Que somos la mejor historia que se puede contar.
Y yo tiré todo eso por la borda; pero la marea te devuelve todas las cosas, y estas olas me ahogan. Porque respiraba contigo, y tus pulmones llenaban de aire los míos.

Que quizá, “ahora viene cuando debería de aprender a ir aterrizando, y desenvolver todas esas noches que no vamos a tener”.

Pero que no. Que si hay una frase que me tengo que tatuar durante todos los meses que vienen, es la siguiente:

"Hay momentos en los que un hombre tiene que luchar, y hay momentos en los que debe aceptar que ha perdido su destino, que el barco ha zarpado, que solo un iluso seguiría insistiendo. Lo cierto es que yo siempre fui un iluso"

Que siempre fui un iluso, ya lo sabes. "Loco, insensato, iluso".
.
Y ahora solo puedo llorar, y seguir chocando contra el muro, hasta que se destruya, o me destruya yo. Porque no voy a parar.

Porque no quiero renunciar al camino que sé que nunca debí dejar, el camino que llevaba mis huellas y que olía a hogar. Ahora veo ese camino desde detrás de la verja, pero me da igual. Me volveré a chocar, y a chocar, y a chocar. Y a chocar. Y a chocar.

Oirás los ecos. Sentirás los impactos. Y seguiré. Seguiré hasta que mi cuerpo no pueda más, hasta que a este escritor no le queden palabras que decir, hasta que se muera la última brizna verde de esperanza que me mantiene en pie.

Y seguiré.

Y seguiré.

Y seguiré.

Porque pienso que no hay muro que contenga la voluntad firme de un hombre enamorado, y arrepentido. Y, al final, si hay que morir, que sea de intentar volver a ese camino.

Y sigo.





[Un emperador le pregunta al hijo del pastor: “¿Cuántos segundos tiene la eternidad?”. Y el hijo del pastor dice: “Hay una montaña hecha de puro diamante. ¡Toma una hora escalarla, y una hora rodearla! Cada cien años, un pajarito llega y afila su pico en la montaña de diamante. Y cuando toda la montaña haya sido cincelada, ¡el primer segundo de la eternidad habrá pasado!”.

Podrías pensar que eso es una locura de tiempo. Personalmente, creo que es una locura de pájaro”.]

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