sábado, 4 de junio de 2016

La carta que nunca quise escribir - Incendios

Desgranar cada una de las sílabas sin saber bien lo que se va a decir no es lo más fácil del mundo, eso está claro.

No sé cómo llegamos a esta situación. Esta es la última carta que te escribo y, probablemente, lo haga solo para llenar el vacío que tu silencio deja al responder a mis preguntas. Para limpiar mi conciencia de un error no cometido, para cerrar el capítulo final de un libro cuya tinta ya se ha borrado, dónde solo nos esperan los barrancos de espacios en blanco.

Entré en tu caos, sin miedo. Y no salí herido por él. Tu caos no es nada. No es tan grande como lo ves, no es tan oscuro como lo sientes. Tu caos no es nada comparado con el miedo que le tienes.

Todas las personas tememos cosas, tenemos miedo. Y los objetos de nuestro miedo son una milésima parte de lo grandes que los hacemos. Pero nuestra falta de cojones a enfrentarlos nos dejan en el barro. Nos obligan a despegar en “avenidas de pegamento, clavados por las rodillas”. Simplemente, tu caos es una piedra en las zapatillas de tu ilusión.


Pero aun así, no es mi lucha, ni mi campo de batalla. No podré ser el enfermero de tus soldados, el pañuelo de tus lágrimas, ni el tesoro de tus risas. No podré ser tu abrazo en la noche, tu caricia en la mañana, tu sol en la mejilla. No podré ser tus metas conseguidas, tu consuelo en los fracasos, el motor en tu vuelo. No podré ser tus cosquillas, tu mano en el barranco, tu guardia en tus descansos.

No habrá peleas de broma, ni en serio. No habrá más domingos tristes y fallidos de San Valentín, ni más cumpleaños con sorpresas. No compartiremos lágrimas de alegría, ni de miedo por lo lejano que queda ese concierto. No habrá más secretos compartidos, ni palabras, ni versos al oído.

No habrá silencios ni miradas cómplices, ni silencios ni miradas incómodas. No volveré a llamarte, y tú no volverás a dejarlo sonar. No volverán a existir celos por noches ajenas, ni reconciliaciones con sabor a encuentro.

No volveré a coger ese tren en la estación para verte, ni volveré a estar en cada andén, esperándote, con ningún regalo.

No volverá a haber despedidas cada domingo por la tarde por la ventanilla de un cercanías que no entiende de sentimientos. No volverán a existir Viernes felices por ir a verte.

No volveremos a tener cenas románticas, ni millones de comidas en un VIP.

Nuestros pasos no sonarán juntos por Madrid. Nuestros pisos no nos volverán a ver besarnos mientras sonreímos. Tu vecina ya no nos observará, y mi portero se olvidará de tu cara.

Las esperanzas que teníamos no se cumplirán, y los temores han vencido.
Cada semáforo en rojo me verá pasar, y se acordará de ti. Las lluvias ya no empaparán nuestro pelo mientras corres y yo te sigo.

No habrá más ausencias de cada uno en nuestras camas, porque no habrá presencias del otro. Tu hueco en la almohada olvidará tu nombre, y los sueños que guardó se evaporarán con el próximo verano.

Tu espalda ya no tiene sitio para mis masajes, ni la mía para tus besos.

Hoy, tus silencios gritan el punto final de esta novela corta.

No habrá finales felices, ni comidas familiares.

Quizá, algún día, nos cante a la cara Andrés Suárez. Pero, probablemente, ese día seremos un desconocido para el otro.

Y por eso lloré aquel día, y por eso lloro hoy.

Porque tus incendios se ven desde lejos. Y a mí no me han quemado, pero a ti te está consumiendo. Y no habrá más palabras que los apaguen.

Te dije que estaría siempre para ti. Y lo sigo estando. Pero también estaré siempre lejos de ti, y más cuando tus barreras no hacen más que alejarnos.

Aquí quedó el epílogo, o epitafio, que completa el silencio que tus sentimientos dejaron al irse y guardarse en tu interior.

Espero que alguien logre apagar tus incendios.

Porque no, tampoco volveré a ser tu bombero, tu medicina, ni tu kit anti incendios.

Ahora te toca a ti enfrentarte a tus miedos.


Hasta siempre.


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