jueves, 12 de mayo de 2016

Milagro


-       ¿De qué me suenas?

Esa fue la segunda vez que la vi. Sucedió, más o menos, a la semana y media de aquel encuentro en el metro.

-       Creo que te sueno porque soy el chico que llegó tarde por dejarte pasar antes al metro – dije mientras sonreí.

Era primera hora de la mañana, quedaban cinco minutos para empezar las clases y yo estaba pidiendo mi café con leche de todos los días. Ella, mientras, estaba cogiendo agua del grifo que había en la barra en una botella, y se me había quedado mirando con cara pensativa. Llevaba una chaqueta de cuero corta, propia del tiempo primaveral que estaba haciendo, y vestía la misma sonrisa que mi mente había guardado y me repetía en algunas ensoñaciones durante mi día. Tanto la una como la otra le quedaban perfectas. De repente, sus ojos se abrieron mucho y se rió.

-       ¡Cierto! Si te sirve de consuelo, el vagón al que entré olía fatal. Por lo menos te libraste de sufrir ese castigo.

Iba a contestar cuando el camarero me tendió el café con la habitual simpatía que caracteriza a los hosteleros de mi facultad. Antes de poder decir nada, ella ya estaba saliendo de la cafetería, después de decirme “bueno, ¡gracias por lo del otro día” y despedirse mientras iba salpicando de agua todo el suelo. Yo cogí mi café, sonreí, y me dirigí a la clase mientras me preguntaba si ella estudiaría también en mi edificio.

Ese mismo día, por la tarde, fui a la Fnac de Callao a la presentación de un libro. Una de las mejores cosas de Madrid es que siempre hay presentaciones de discos y libros; además, gratis. No se puede pedir más a la vida.  Aquella vez, el autor no era muy conocido, por lo que pude entrar sin problemas aunque llegara cinco minutos antes de que empezara. Mientras miraba el móvil sentado, en una de las filas de en medio, oí, para mi sorpresa, su voz:

-       ¡No puede ser!

Miré hacia mi izquierda y allí estaba ella, con un chico. Lógicamente, después de mi sorpresa inicial me hundí ligeramente en el fango al suponer que ese debía ser su novio, lo que más adelante descubriría que fue una suposición incorrecta. Como sea, empezamos a hablar de la presentación que íbamos a ver, de cómo habíamos conocido al autor (ya os digo que no era muy famoso) y de libros, hasta que la presentación empezó. El chico que la acompañaba no hablaba, y básicamente miraba a su móvil con cara de acelga. Y ni siquiera sé cómo es esa cara, pero seguro que era la del chico.

Cuando la presentación terminó, nos pusimos en la cola para que el autor nos firmara el libro que llevábamos cada uno en nuestras respectivas mochilas. Obviamente, dejé que pasara primera en la fila. Su amigo cara-acelga se despidió de nosotros y se fue, ya que, por lo visto, debía coger un tren y no le daba tiempo a quedarse más tiempo. Mejor. Nunca he sido mucho de verduras.

Al salir, empecé a despedirme diciéndole lo típico de “A ver si nos volvemos a ver” y todo eso; pero ella, afortunadamente, me ofreció tomar algo. En realidad yo había quedado esa noche para cenar con unos amigos, pero qué coño; estas oportunidades hay que aprovecharlas. Mandé un whatsapp enigmático por el grupo de mis amigos, diciendo que al final no iba a poder ir a cenar, y acto seguido quité los datos del móvil.

Reconozco que no fuimos al sitio vintage, hipster y moderno que esperaríais que apareciera. Acabamos en la terraza del “Cien montaditos” que hay detrás de Ópera, y después fuimos a dar un paseo por el Palacio. Hablamos de todo un poco. Resulta que ella estudiaba la misma carrera que yo estudié, era madrileña de pura cepa y, a pesar de eso, resulto bastante cariñosa. Lo siento, pero en general los madrileños no suelen ser tan cariñosos como los que venimos de un poco más al sur de España. Eso es así.

La tarde se convirtió en noche, y, al llegar al metro, pese a que insistí en acompañarla a casa, nos separamos. Al decirnos adiós, y tras tanta charla, por fin nos dijimos nuestros nombres; con apellidos y todo, porque a ella le hacía mucha gracia lo rimbombante que sonaban los suyos, y siempre los repetía con aires de condesa.

Al llegar a mi piso y encender el ordenador, encontré una petición de amistad de Facebook. Y menos mal. Probablemente la hubiera buscado yo si eso no hubiera sucedido, pero siempre tengo la sensación de que cuando lo hace un chico parece un poco plasta, así que prefería mil veces que me la hubiera mandado ella. En su foto de perfil aparecía enterrada en un montículo de libros, del que únicamente sobresalía su cara. Con esa foto ya me había ganado.

Acepté la invitación, le pregunté por el chat si había llegado bien a casa y, tras unas pocas tonterías, nos despedimos y me fui a acostar.


Sin embargo, no podía conciliar el sueño. Era la una y media de la mañana, y al día siguiente tenía que levantarme a las siete, pero no paraba de pensar en la conversación que habíamos tenido esta tarde. Decidí ponerme los cascos y escuchar música mientras sonreía por la suerte que tenía. Cuando me dormí, la última canción que sonaba era “Como conocí a vuestra madre” de Iván Ferreiro, y su frase “ni fue un accidente, ni existe el destino; fue tan solo suerte, fue todo un milagro” sirvió como broche de aquella noche tan perfecta.


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