martes, 10 de mayo de 2016

Hoop

La primera vez que pasé por su lado, al salir del supermercado, le di un euro.

La segunda vez que pasé por su lado, al entrar, le pregunté que necesitaba que le comprara.

La tercera vez, por fin, le pregunté cómo se llamaba. Hoop.





Casi todos los días, al volver de la universidad, le veía dentro del supermercado, al lado de las puertas automáticas, mirando hacia el horizonte, hacia un cielo que creía tener en sus manos y un revés del destino le negó. Su mirada estaba lejos, como su mente. Quizá, pensaba en su familia, en sus amigos; quizá, no pensaba en nada.

De piel oscura y mirada clara, siempre sonreía e inclinaba levemente la cabeza cuando alguien le daba algo, repitiendo varias veces un “gracias” dicho desde lo más profundo.

Cuando me contó como buscaba trabajo, como había echado currículums en ese mismo supermercado y en cientos de sitios más, también sonreía. Pero los ojos no. La primera vez que hable con él sobre esto, sentí que sus ojos no estaban llenos de lágrimas; estaban llenos de mar, de océano, de tsunami. Sentí que, a la mínima, iba a inundarse todo Madrid con el sufrimiento de aquel hombre. Sin embargo, ninguna lágrima se derramó, y en su casa seguía su sonrisa. Parecía querer evitar que se viera su tristeza mirando repetidamente hacia la calle, intentando esquivar mis ojos. Lo intentaba, sin éxito; hay cosas que no se pueden ocultar, al menos no a quien mira a los demás como lo que son: personas.

Todos los días que pasaba y me encontraba con Hoop, le preguntaba que necesita, que quería que comprara para él. Casi siempre era lo mismo: simplemente, un poco de arroz. Y casi siempre hacía lo mismo: entraba detrás de mí y, guiándome, me señalaba el arroz más barato de la tienda. Todos los días le daba la mano al llegar, le tocaba el hombro, le preguntaba qué tal estaba. Y él, todos los días, me respondía con su sonrisa: una sonrisa que hacía creer que era el hombre más afortunado del mundo, y que hacía imposible que yo me imaginara lo que debía pasar el resto del tiempo. Pero algo se intuía porque, al estar llegando, al irme, esa sonrisa se le borraba, y volvía la mirada ensoñadora a través del cristal de las puertas automáticas, mirando al cielo.



Hoy llovía. Llovía mucho. Odio cuando llueve tanto y tengo que andar de aquí para allá. Precisamente por eso, al volver en el metro, había desechado la idea de pasarme a comprar cosas. Ya lo haría por la tarde si mejoraba el tiempo, a mañana. Sin embargo, al pasar por delante del supermercado, le vi y, obviamente, tuve que pasar. Y menos mal.

Tras una pequeña conversación, sobretodo quejándonos de la lluvia, le pregunté que necesitaba y, como la mayoría de veces, me pidió arroz. Cuando iba a entrar a comprar, cambió de idea, y me dijo que no, que si podía comprar un poco de tomate natural, ese que viene en lata y triturado. Le contesté que no había problema y, cuando entré, pasó detrás de mí y me señaló la lata de tomate triturado más barata de todo el establecimiento. Sonreí y afirmé con la cabeza y, cuando se fue, cogí también arroz.

No es cuestión de que tenga que elegir entre las dos cosas si necesita las dos y yo puedo dárselas por un par de euros.

Al llegar a caja me fijé en que él no tenía ninguna bolsa, ninguna mochila; así, le pedí a la cajera que me diera una bolsa extra, para que pudiera llevar el arroz y el tomate más fácilmente.

Al dársela, le pregunté cómo iba la búsqueda de trabajo. Y me sonrío. Y me dijo que iba a trabajar en Lleida, en una empresa en la que trabajó hace tiempo, que estaba esperando que le llamaran. Todo esto me lo decía mientras sonreía y miraba a la calle, al cielo, con una mirada perdida; pera esta vez, perdida en otras ciudades, en otros lugares, llenos de esperanza. Que estaba esperando que le llamaran y, en cuanto lo hicieran, se iba para allí, probablemente la semana que viene. Ojalá le llamen.

Es gracioso que, aunque él sonriera, yo esté a punto de llorar al escribirlo. Y lloro a la mitad.

Un ojo me llora de alegría.

Otro ojo me llora porque es verdad. Es verdad. Es verdad que algo se rompe en el alma, cuando un amigo se va.

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