martes, 3 de mayo de 2016

Cielo lunar

Ella estaba leyendo un libro cualquiera, sentada en un asiento cualquiera de un vagón de metro cualquiera. En sus auriculares sonaba Jacob de Haan, banda sonora de casi todos los libros que caían en sus manos.

Su tranquilidad y concentración contrastaban con la energía sin domar de un grupo de jóvenes recién salidos del instituto, que se pegaban entre ellos y se reían a carcajadas, haciendo caso omiso de las miradas de incomprensión que les lanzaban los ancianos del lugar. Por el otro extremo, en fin, sonaba la guitarra de una chica que se ganaba su sustento de metro en metro.

En mitad de todo, como iba diciendo, estaba ella. Mi mirada reposaba en su cara. Cuando encuentras un oasis de paz en medio del barullo de la urbe, no puedes despegar los ojos. En mis auriculares sonaba la voz de Chino, cantando la canción que daba nombre al grupo. De hecho, justo cuando empezaba a decir “sé que tendré el cielo entre mis manos” me había fijado en ella.



Quizá os estéis preguntando cómo era. Y llevo tres párrafos sin atreverme a describirla, pues se que cualquier intento solo ensuciaría su imagen. Si os sirve de algo, tenía una cara muy blanca. Pero no ese blanco pálido de pared, sino un blanco de luz lunar. Su pelo era liso, con unas mechas californianas que caían hasta sus hombros, deteniendo justo a esa altura su cascada. El resto de sus rasgos estaban mirando al libro, por lo que en ese momento no pude verlos.

Normalmente, me fijaría más en el libro que en la propia persona que lo lee. Pero tenía algo especial. Sé que suena a tópico, cuento, exageración y tontería. Todo lo que queráis. Sin embargo, que levante la mano quien no se ha quedado alguna vez mirando a una persona desconocida sin poder apartar los ojos. Y ella me obligó a quedarme mirándola sin apartar la mirada. De repente, todo a mi alrededor estaba oscuro, menos su imagen.

Conforme el vagón se iba vaciando, yo me iba quedando más embobado. Ni siquiera era consciente. Me di cuenta cuando levantó la mirada y la fijo en mí, con una expresión más de “¿Hola? ¿Qué miras?” que de película romántica. Le sonreí e intuí como toda la sangre de mi cuerpo pintaba mis mejillas de un rojo fluorescente. En ese momento baje la mirada al suelo, aunque de reojo creo que la vi reír.

Los dos nos bajamos en Moncloa, y los dos fuimos directos al andén de la línea 6, para llegar a Ciudad Universitaria. Como siempre, estaba lleno. Cuando entró el metro en la estación, todos intentamos pasar a esas pequeñas latas de sardinas, pero el espacio tiene sus límites. Justo cuando iba a hacerme un pequeño hueco en el último vagón, me choqué con alguien. Lógicamente, era ella. Y, lógicamente, la deje pasar, quedándome en el andén. Para mis adentros, yo lucía como el mejor caballero del mundo, pero probablemente tendría simplemente cara de tonto. Ella me dijo “Gracias”, me sonrío, y ví como se alejaba en el último vagón, con el libro cualquiera que antes estaba leyendo en la mano, y que resultó ser “Rimas y Leyendas” de Bécquer.

Mientras esperaba el siguiente metro, decidí quitarme los cascos y abrir mi mochila. Ahí estaba mi libro de “Rimas y Leyendas”. Hacía mucho que no lo cogía, y esa mañana había decidido que era un buen día para volver a leerlo.


Ese fue el primer día que la vi y, gracias a Dios, no fue el último.

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