domingo, 17 de abril de 2016

Gris polvo

Estaba en un bar, a esa hora en la que la gente aún parece normal. Observaba como todos se miraban con esa máscara de falsa cordialidad. Genial. Otro día más a aguantar las miradas de lástima que desde la barra me lanzaban las niñas de papá.

-       ¡Jefe, otro más!

A los camareros se les llama así. Es la única forma de parecer el amo del local.

En fin, como iba contando, estaba en un bar. La luz del sol todavía se filtraba por las ventanas amenazando mi iris azul claro. Porque si, es el iris lo que tiene color, y no la pupila. Lo siento por Bécquer, pero las pupilas azules no existen. Y el amor infinito tampoco. Y mi alma de poeta se fue una tarde de invierno con ella, eso también.

Sea como fuere, y hablando precisamente de ella, en medio de esa trémula luz que amenazaba a los niños con el hombre del saco entró su figura por la puerta. Su figura, porque solo se veía su sombra recortada, pero aún así la reconocería en cualquier lugar que la viera.  Esa entrada me habría sorprendido en gran medida si no fuera por las copas que llevaba encima. Encima literalmente, porque también me había vertido unas cuantas.

Sin embargo, su figura no entraba sola. Detrás de ella iba la oscura forma de un hombre-armario, probablemente muy cretino y que no sabría hacerla reír. Se sentaron en un rincón. Desde esa posición podía ver mejor su cara, iluminada por el moribundo atardecer. Sonreía. Pero sonreía como a mí nunca me había sonreído: falsamente.  Ese tipo no tenía la menor idea de leer ni una de sus expresiones faciales, y allí estaba, con ella. Maldita sea. “Cupido debe estar más borracho que yo”, pensé.

Durante la media hora que estuvieron allí sentados, yo no aparté la mirada de ella, aunque pareció no inmutarse. Probablemente fuera porque estuvieron más de veinte minutos mirando el móvil cada uno. Cuando ella estaba conmigo, se olvidaba del móvil, de la gente, del mundo entero. Y ese gilipollas salía a tomar un par de coca colas con ella para hablar por el grupo de sus colegas del gimnasio y presumir de estar con la tía más guapa de Madrid.


Cuando se levantaron, fue ella a pagar a la barra. Encima. Seguramente el hombre-armario se habría gastado su sueldo de camello en anabolizantes, y ahora no podía ni invitarla a una hamburguesa de un euro. Me estaba poniendo de los nervios, pero para cualquier espectador externo yo seguía tirado en la mesa con cara de perro abandonado, con el olor a whisky barato incluido.
Primero salió el hombre-armario, mirando el móvil y dejando que la puerta golpeara prácticamente la cara de la que antes me abrazaba por las noches. Si el alcohol me volviera violento probablemente habría salido a pegar al hombre-armario, y probablemente habría acabado en el hospital. Yo, claro. Pero me hubiera dado igual. En todo caso, el alcohol me sedaba más que otra cosa, así que me quede en el mismo taburete, pensando que ella se merecía ese trato si era capaz de estar con alguien así.

A las diez de la noche, a la hora en la que los jóvenes empiezan a salir de sus casas, yo salía del bar. Había sido otro gran y provechoso día, y encima la había visto a ella. No se podía pedir más. Bueno, quizá se podía pedir otra copa, pero tampoco es como si me quedara dinero.

Al salir, me dirigí a la izquierda para ir hacia el piso de mala muerte donde vivía ahora, si es que lo que yo hacía se podía llamar vivir.

-Hola…

Sonó una voz a mi espalda. Lógicamente, era una voz que podría haber conocido aun estando en coma etílico.  Me di la vuelta, la miré, y seguí caminando.

- ¿No me vas a decir nada?


En este momento empezó una conversación que conllevó una serie de sucesos inesperados y nada previsibles. Pero, antes de seguir con esa historia, os tendré que contar quien era ella, las cosas que habíamos pasado juntos y, sobre todo, como cojones acabé yo en un bar borracho por su ausencia. Atentos…  

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