miércoles, 27 de abril de 2016

Primavera huida

Y llega el día. Tu cumpleaños. Primavera.

Pero, esta vez, no hay nadie nervioso al otro lado de la pantalla de tu móvil, a las 23:59, contando los segundos para darle a enviar. En su lugar, llegará una felicitación de esa persona en mitad del día, tan gris como cualquier otra felicitación anónima, silenciosa. Tan pequeña y tan diferente a las palabras que antes te susurraba, y que estabas acostumbrado a escuchar.

Tres líneas, deseándote un feliz día, y exclamando “a ver si nos vemos”. Con un energía falsa. Una felicitación cuya letra negra en la pantalla es la sombra de los brillos que antes reflejaba su cara al verte. La noche de invierno que ha sucedido a aquel magnífico verano soleado. La prueba de que el camino andado se ha derrumbado bajo el peso de cada paso cargando con el ayer y esperando un futuro que, como no, llega con retraso.

Y, tras mirar la pulsera que te recuerda a ella, escribes “Muchas gracias”, añadiendo emoticonos. Emoticonos de sonrisa que antes ponías tras un “Buenos días”, un “¿Qué tal?”, o un “Te quiero”. Lo bueno del móvil, es que las sonrisas que pones no se pueden leer. Si se pudieran, se evidenciaría que esa sonrisa es triste, como un mar nublado y gris; apagado. Se evidenciaría que esa sonrisa esconde los restos de las fosilizadas huellas de alegría compartida tiempo atrás, que cada arruga se forma con el polvo que ha dejado la felicidad por no usarla.

Y se cierra la conversación. Comprendes que todo ha terminado. Que las esperanzas de volver a compartir tanto como se ha compartido, de volver a vivir esa complicidad, han quedado enterradas en una fosa común dónde no se distinguen las promesas y las verdades. Que la lluvia de tus ojos está embarrando todo a tu alrededor, y te hundes en esa fosa, y que tendrás que luchar por salir.
   
Y apagas el móvil.

Y, en tu interior, la ausencia de unas palabras con más sentido que un simple “Felicidades” te obliga a enfrentar la realidad, a aceptar que en este cumpleaños no hay un regalo especial, ni el abrazo de aquella tan lejana alma gemela.

Y, tras mirar la pulsera que te recuerda a ella, te la quitas y la guardas. Y te sientes más desprotegido ante un mundo que, pese a ser el de siempre, parece más envejecido con tu nueva edad, y más hostil con tus nuevas cicatrices.


Y, poco a poco, la primavera se va, olvidando para que fue llamada.


domingo, 17 de abril de 2016

Gris polvo

Estaba en un bar, a esa hora en la que la gente aún parece normal. Observaba como todos se miraban con esa máscara de falsa cordialidad. Genial. Otro día más a aguantar las miradas de lástima que desde la barra me lanzaban las niñas de papá.

-       ¡Jefe, otro más!

A los camareros se les llama así. Es la única forma de parecer el amo del local.

En fin, como iba contando, estaba en un bar. La luz del sol todavía se filtraba por las ventanas amenazando mi iris azul claro. Porque si, es el iris lo que tiene color, y no la pupila. Lo siento por Bécquer, pero las pupilas azules no existen. Y el amor infinito tampoco. Y mi alma de poeta se fue una tarde de invierno con ella, eso también.

Sea como fuere, y hablando precisamente de ella, en medio de esa trémula luz que amenazaba a los niños con el hombre del saco entró su figura por la puerta. Su figura, porque solo se veía su sombra recortada, pero aún así la reconocería en cualquier lugar que la viera.  Esa entrada me habría sorprendido en gran medida si no fuera por las copas que llevaba encima. Encima literalmente, porque también me había vertido unas cuantas.

Sin embargo, su figura no entraba sola. Detrás de ella iba la oscura forma de un hombre-armario, probablemente muy cretino y que no sabría hacerla reír. Se sentaron en un rincón. Desde esa posición podía ver mejor su cara, iluminada por el moribundo atardecer. Sonreía. Pero sonreía como a mí nunca me había sonreído: falsamente.  Ese tipo no tenía la menor idea de leer ni una de sus expresiones faciales, y allí estaba, con ella. Maldita sea. “Cupido debe estar más borracho que yo”, pensé.

Durante la media hora que estuvieron allí sentados, yo no aparté la mirada de ella, aunque pareció no inmutarse. Probablemente fuera porque estuvieron más de veinte minutos mirando el móvil cada uno. Cuando ella estaba conmigo, se olvidaba del móvil, de la gente, del mundo entero. Y ese gilipollas salía a tomar un par de coca colas con ella para hablar por el grupo de sus colegas del gimnasio y presumir de estar con la tía más guapa de Madrid.


Cuando se levantaron, fue ella a pagar a la barra. Encima. Seguramente el hombre-armario se habría gastado su sueldo de camello en anabolizantes, y ahora no podía ni invitarla a una hamburguesa de un euro. Me estaba poniendo de los nervios, pero para cualquier espectador externo yo seguía tirado en la mesa con cara de perro abandonado, con el olor a whisky barato incluido.
Primero salió el hombre-armario, mirando el móvil y dejando que la puerta golpeara prácticamente la cara de la que antes me abrazaba por las noches. Si el alcohol me volviera violento probablemente habría salido a pegar al hombre-armario, y probablemente habría acabado en el hospital. Yo, claro. Pero me hubiera dado igual. En todo caso, el alcohol me sedaba más que otra cosa, así que me quede en el mismo taburete, pensando que ella se merecía ese trato si era capaz de estar con alguien así.

A las diez de la noche, a la hora en la que los jóvenes empiezan a salir de sus casas, yo salía del bar. Había sido otro gran y provechoso día, y encima la había visto a ella. No se podía pedir más. Bueno, quizá se podía pedir otra copa, pero tampoco es como si me quedara dinero.

Al salir, me dirigí a la izquierda para ir hacia el piso de mala muerte donde vivía ahora, si es que lo que yo hacía se podía llamar vivir.

-Hola…

Sonó una voz a mi espalda. Lógicamente, era una voz que podría haber conocido aun estando en coma etílico.  Me di la vuelta, la miré, y seguí caminando.

- ¿No me vas a decir nada?


En este momento empezó una conversación que conllevó una serie de sucesos inesperados y nada previsibles. Pero, antes de seguir con esa historia, os tendré que contar quien era ella, las cosas que habíamos pasado juntos y, sobre todo, como cojones acabé yo en un bar borracho por su ausencia. Atentos…  

sábado, 16 de abril de 2016

Noche

Esa tarde, la estación no se llevó trenes, se llevó esperanzas.
Se llevó futuros, se llevó destinos. A cambio, me dejó lágrimas.
Me dejó en la sombra de un eclipse,
con esa luz que permite distinguir, pero no ilumina.
Tapó mi Sol, y no hay viento que aleje esa nube.
Supongo que es verdad, y que todo se termina.

¿Qué queda? Si la luz se apagó, y nadie encendió las velas.
Si nos quedamos en  nuestra soledad,
sabiendo abandonada en la calle nuestra única oportunidad
de ser felices.

Si nos rendimos antes de empezar la carrera,
si nos pisamos los pies antes de salir a la pista de baile,
si la pareja perfecta se quedó averiada en la cuneta,
si la grúa se llevó a arreglar solo una de las partes.



Si los cimientos de las promesas son débiles,
si se han derrumbado, dejando todo irreconstruible;
si en cada beso te daba mi vida,
si ahora no se que vivir, ni entiendo porque siguen su curso los días.

El tiempo no lo cura todo, el reloj no es un maldito médico;
creed eso si os ayuda a seguir cada día sobreviviendo.
Pero a mí solo me curaban las caricias de sus dedos,
y ahora solo oigo a los míos quejándose, echándola de menos.

Otras mujeres se cruzarán en mi camino, eso es cierto;
y las querré como se merezcan, como más pueda.
Pero este corazón no fue descubierto por ninguna de ellas;
su suelo conservará siempre cada una de sus huellas.

lunes, 4 de abril de 2016

Sum

Soy el primer día de colegio,
el primer diente de leche,
esa primera excursión,
el primer beso en la frente.

Soy la primera caída;
la segunda, y la tercera,
y las otras tantas veces
que, torpe, abrace la acera.

Pero también mis esfuerzos,
el volverme a levantar;
mis manos tocando el cielo,
beso que me hizo flotar.

Cada persona que encontré,
cada palabra que oí,
cada caricia y abrazo,
cada inicio y cada fin.

Cada dirección en encrucijadas,
cada poda de posibilidades,
cada elección que decidí escoger,
cada paseo por tantas calles.

Soy cada decisión irreversible
que me ha traído aquí, donde estoy:
muchos futuros murieron sin nacer;
por ello, le haré honor al que vivo hoy.


viernes, 1 de abril de 2016

Oda a Bécquer

[¿Qué hacen los poetas?]

Tocar la realidad con la yema de los dedos.
Dibujarla, plasmarla, llevarla al papel;
diseñarle un vestido de ensueño.

Observar todo con los ojos del inocente Abel,
traspasar la luz y ver lo que se oculta,
admirar lo que conforma cada ser.

Es cierto, la rutina y el ruido abultan;
por eso se necesita amor y delicadeza,
para entender lo que la Vida nos susurra.

Dejar que los días, poco a poco, te venzan
para poder escribir desnuda a la derrota
y abrazar al miedo tras la bestia.

Probar una, dos, y cientos de bocas;
bajar a los profundidades de vientres malditos,
convertir en ruinas cada cosa que tocas.

Salir de cada Invierno con frío, pero invicto;
derretir cada verano los recuerdos del pasado;
transformar todo, encumbrarlo en un ritmo.

Dejar que te atraviese lo bueno, y lo malo;
acariciar con palabras la esencia de “lo bello”;
escalar montañas, construir ciudades, hundir barcos;
esto hacen los poetas. ¡Quién fuera una de ellos!