domingo, 6 de marzo de 2016

Cárcel

Las lágrimas que cayeron en tantas arenas
-antes rocas de esperanza-
se convirtieron en el mar que acaricia
-que araña-
la culpabilidad que cargo a mi espalda.

Ese mar ahoga más que el Diluvio Universal.
Más que el alcohol las penas.
Ese mar que está enfrente, y me recuerda
que no soy el Rey Midas,
y lo que él convertía en oro
yo lo convierto en cenizas.

Que a lo mejor el cuento era al revés:
mi príncipe azul se convierte en sapo si lo besas.

Que tras tantos fallos, ya no me quedan pies
a los que dispararme para caer.

Que a lo mejor solo se querer para doler;
y sin pretenderlo, cuando beso, mis pecados
ensucian y cortan los santos labios
que se acercan esperando lo que parece miel.

Que los tsunamis que crean esos mares
destrozan los cimientos de cualquier reconstrucción
y el pasado se convierte en Juez, trayendo nuevos males
frente a aquel que trajo en sus caricias la destrucción.

Pero todo este castigo lo asumo
por todos aquellas bombas nucleares
que deje caer en cada abrazo,
en los que relegaba a un segundo plano
los daños colaterales.

Que ya lo decían, “la pena pesa un kilo más para el que parte”;
y yo he partido demasiadas cosas;
para llevar todos estos kilos, no me quedan fuerzas,
ni manos para coger tantas bolsas
llenas de los restos que dejé tras mi paso.
Rotos que intenté dejar en un lado
pero que no caben debajo de la alfombra
ya que no existe disfraz que pueda esconder estas losas.

Ya que se ha descubierto
que, a lo mejor, mis espinas
no compensan los pocos pétalos de mis rosas.

El mar brilla cuando refleja la luz del Sol,
pero un poco más allá de la orilla, te intentará hundir.
Puede, en fin, que algo así pase con mi corazón.
Así que, aquí dejo la advertencia: huid.

Que mis garras, a lo mejor, ya no saben abrazar;
y mis remordimientos,
quizá,
nunca me dejen olvidar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario