martes, 23 de febrero de 2016

Gritos de una sombra

A veces me asusto de mi propia sombra;
de todas las cosas que en su interior guarda,
de todo lo que lleva ella, porque no cabe en mi espalda:
el pasado que dejo atrás, el futuro que me espera.

La sombra de lo que seré, de lo que era.

Quizá me asusta porque su oscuridad es absoluta
y su negrura viene de los recuerdos y el polvo que acumulan:
recuerdos lejanos, rumores de mares más azules
que, sin embargo, te obligaban a naufragar.
Recuerdos de un destino obligado y no escogido,
de la elección dejada de lado que se quedó atrás.

Esos recuerdos de melodías más oscuras, que no todos saben comprender
pero que fácilmente te pueden obsesionar,
que fácilmente te pueden enloquecer.

Recuerdos de playas de arena blanca, convertidas en playas solitarias;
Sin gente, sin marea, sin olas.
Sin vida que impulse la acción, sin alegría.
Playas convertidas en funerarias.

La hazaña de una victoria contra el destino,
 convertida en retirada amarga;
de una lucha contra las señales del camino,
de un intento de volar por encima de lo permitido:
la historia de vientos que no ayudan, sino que rompen las alas.

Son recuerdos que a veces, con un olor, se rebelan;
con el simple indicio de un deja vú;
con la visión de la cerradura que en otro tiempo abrí,
y que se convirtió en la caja de Pandora de los que esperan.

Es sencillo: la nostalgia de mi sombra es muy honda;
daría para escribir ríos de tinta y de versos,
lagos de lágrimas no expulsadas, olvidadas por el paso de las horas.
Es sencillo: la nostalgia de mi sombra es muy honda;
daría para escribir mares, océanos.
Eso sí.
Sin olas.

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