martes, 16 de febrero de 2016

Efecto Mariposa

En aquel momento, una pequeña mariposa había roto, por fin, su obligatoria cuna, y había salido a sentir la calidad del Sol en el aleteo de sus alas.

[…]


En el otro extremo del mundo, estaba ella. La brisa acariciaba su pelo, su cara y sus lágrimas.  No era este el futuro que ansiaba, ni para el que sentía que había nacido. El frío hacía que sus lágrimas parecieran escarcha en sus pómulos. Una cumbre nevada, por donde las hijas de la tristeza se atrevían a esquiar, haciendo caso omiso al ser vivo que antes les daba cobijo.

Sus ojos se habían cansado de mirar, de ver y de soñar. Y los palos de la vida no le ardían, no servían para hacer una lumbre que calentara su corazón.

Los recuerdos se dormían en el fondo de su alma, como piedras que impedían que saliera a la superficie, que pegaban sus pies al suelo e impedían retornar ese vuelo que, en otras ocasiones, había alegrado al mundo.

[…]

Pero, de repente, un pequeño viento llegó a la ciudad. Poco a poco, apartó las nubes que cubrían el cielo y, por 4 minutos, el Sol le ganó la batalla al Invierno.

[…]

Ella seguía llorando, pero las lágrimas no se congelaban. La nieva de su cumbre se derritió, y el agua salada que de sus ojos saltaba al vacío brillaba y creaba pequeños arcoíris imperceptibles para cualquiera.

Menos para él.


Y, con el primer “¿Estás bien?”, desapareció la primera piedra, convertida en tierra; en arena; en una playa, en la que sus ojos hacían de marea.

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