jueves, 1 de diciembre de 2016

Alepo




El arcoirirs sale sobre Alepo,
cielo que llora y moja las ruinas,
cuerpos vacíos y almas sin vida;
ciudad de arte convertida en restos.

Niños jugando en los vertederos
Esquivando minas y bombas que silban
Sabiendo que hoy puede ser su último día.
Niños sin escuela y sin recreo.

El mundo llora con toda su pena
mientras busca proteger su miedo
sembrando alambre en todas las fronteras

Los últimos serán los primeros
la esperanza no se queda en las rejas
que levantan los temores viejos. 


jueves, 24 de noviembre de 2016

Vejez

Ríos de expresión surcan su cara;
repliegues de una piel hecha pantano;
ríos que horadaron las cascadas
provocadas por deshielos de su llanto.

Sus hilos ya no la obedecen,
dejando su mundo temblando,
mientras la esperanza se desvanece
saltando cada día de sus manos.

Los recuerdos ya no se recuerdan
y las fotografías son imágenes en blanco
de un pasado que convertido en niebla
esconde a los seres amados.

La vida la ha dejado abandonada
entre errores y amantes olvidados;
ya nadie calienta su alma,
que se queda sin violín en los tejados.

Ya solo escribe cartas la muerte
quien todavía ve sus encantos;
ella suplica a los relojes que esperen,
que quedan cosas que no ha probado.

Pero la arena no se detiene,
y llegará el momento en que todo haya acabado;
aprovecha bien el tiempo que tienes,
que, algún día, se borrará tu rastro.


jueves, 17 de noviembre de 2016

Regreso

Hay un abril en tus labios;
cala como lluvia fiel
dejando amor en mis charcos;

hay un abrigo en tu piel
que ahuyenta viejos inviernos
cuando me cubres con él.

Se abre el cielo de mi infierno
cuando tus ojos me miran
transformados en fuego;

se abre camino la vida
cuando tus manos me tocan
y todo mi vello se eriza;

se deshacen las rocas
cuando escuchan la risa
explotando en tu boca.

Tu cama se transforma en isla,
en oasis del desierto
donde acaricia la brisa;

tus suspiros son el viento
que sopla en todas mis velas;
y me lleva, con él, lejos.

La distancia, nuestra Odisea;
nosotros, versos de Homero;
tú, Penélope que espera;
yo, esposo que vuelvo.

domingo, 30 de octubre de 2016

Todo lo que quiero

Eres todo lo que quiero;
unos brazos a los que volver
cuando se pierde la fe
o acecha el invierno.

Eres todo lo que quiero;
la esperanza en la tormenta,
la luz que brillante me lleva,
hacia el resguardo de su puerto.

Eres todo lo que quiero;
una flor entre las ruinas,
naturaleza sin espinas,
la hierba bajo el cemento.

Eres todos lo que quiero;
la brisa en el verano,
la sombra bajo un árbol,
un oasis en el desierto.

Eres todo lo quiero;
un amor sin condiciones,
noches llenas de canciones,
el tiempo detenido en un beso.

Eres todo lo que quiero;
una sonrisa que espera,
un futuro a tu vera,
un hogar en otro cuerpo.

Eres todo lo que quiero;
mi principio y mi fin,
mi cielo, mi Edén, mi jardín;
eres la salida de mi agujero;
y, por todo ello,

moriría por ti.


miércoles, 19 de octubre de 2016

Montera



Llueve en la calle Montera
ahogando las flores tristes
que enraízan en las aceras.

El rocío de sus ojos
se diluye con su pena,
tiñiendo de nostalgia
la sangre que corre en sus venas.

Se llena su alma de polvo,
violada por una ajena
que solo busca su gozo
y le impone la condena.

Extraños con sus prejuicios
que no notan su tristeza
cuya conciencia antes viva
se refugia bajo tierra.

Dulces almas hoy manchadas,
ecos de una niñez tierna,
sonrisas antes brillantes
hoy reflejan tierra yerma.

Cicatrices disfrazadas
defendidas por las fieras
usando el falso nombre
de una libertad ya muerta.

Esclavismo asimilado
convertido en compra y venta;
poco estudiado síntoma
de una sociedad enferma.

Esta noche se usan cuerpos
mientras lloran las estrellas:
vidas que son un regalo,
pero nadie las respeta.

Sus sueños de bella infancia,
en simples sueños se quedan;
sin que venga el esperado
príncipe, sin ser ellas princesas.

Llueve en la calle Montera
ahogando las flores tristes
que enraízan en las aceras.




sábado, 8 de octubre de 2016

Lighthouse

Dime que un sentimiento puede romper distancias.
Que los kilómetros que nos separan caen derrotados
ante la fuerza que otorga la esperanza;
aunque hoy lloren las ganas de tenerte a mi lado.

Dime que todo este echar de  menos, al final será recompensado.
Que los sueños unen más que las vías de los trenes;
y en los míos, tú siempre apareces.
Que mientras estés en mi vida, estaré salvado.

Dime que mis suspiros te llegan susurrados;
que mis “te quiero” te arropan en la noche;
que las palabras que escribo limpian tu pasado, lo encogen;
que el futuro dará la razón a estos locos enamorados.

Dime que nuestros abrazos llegan lejos, son más largos;
que el mundo no puede encarcelar la ilusión;
que Dios está atento a toda esta oración;
y su bendición nos mantendrá a salvo.




Dime que en los momentos duros, sientes mi mano;
que mis caricias se tatúan para siempre en tu piel;
que no existe en el mundo amor más fiel
que el de aquellos que se aman aun estando alejados.

Dime que acabarán perdonados todos los daños;
y que la vida que nos espera olvidará estas ausencias;
que el amor es generoso, perdona; que el amor es paciencia;
y que el futuro que vendrá será el mayor regalo.

Dime que mis letras consiguen acercarnos;
porque estos pequeños versos son tuyos.
Dime todo, que desde aquí te escucho.
Dime que mis poemas besan tus labios.

Yo te diré que seguirán juntos nuestros pasos;
que no existe tiempo que pueda hacerme olvidarte;
que me da igual estar lejos si te tengo de mi parte;
te diré que estaré aquí por el resto de los años.

Te diré que no me perderé, porque eres mi faro.


Y te diré,
cada día,
y cada hora,
que te amo.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Alira

Tras tanto tiempo perdido,
he regresado al hogar,
a mi cielo prometido.

Mi barco ha dejado la mar.
Ha atracado en el puerto.
Se siente por fin en paz.

Ha acabado el destierro,
y vuelvo al camino central,
el que Dios trazó hace tiempo.

Finalmente siento la verdad
de saber que hago lo correcto
y tener esta oportunidad.

Hoy todo es perfecto,
hoy todo está en calma.
Hoy ha vencido al miedo
la virtud de la esperanza.

Hoy puedo susurrar que te quiero
y entregarte en las manos mi alma.
Hoy puedo ser por fin el viento
que acaricie tus mejillas cada mañana.


jueves, 15 de septiembre de 2016

Soledad

Un rostro más en el metro
marcado por las ojeras
que dejan los sueños muertos.

Reloj de arena no espera,
y las metas se evaporan,
dejando otra noche en vela.

Soledad entre personas:
tristeza seca en los ojos
¿acaso a alguien le importa?

Distraídos por los focos
en este hormiguero urbano
donde todos "somos" solos;

cada vez menos humanos,
cada vez más consumidos;
miles de vidas en vano.

Mensajes televisivos,
publicidad engañosa,
fiestas para sentirse vivo.

Ya encontraste nueva diosa
en este nuevo esperpento
que es llamado "prensa" rosa.

Mientras,

un rostro más en el metro
marcado por las ojeras
que dejan los sueños muertos;
pero tú no te das cuenta.


[A Soledad, y a todas las soledades de tanta gran ciudad]



miércoles, 14 de septiembre de 2016

Soneto para el Final de mis Días

No quiero un amor de barra de bar,
ni de besos cobrados en factura;
no quiero convertirme en tu atadura,
ni entregarte caricias de bazar.

No voy a dejarlo todo al azar,
ni naufragar a mi suerte y ventura;
me pienso guardar toda mi ternura
para dejarla a los pies de tu altar.

No quiero corazones en rebajas,
cuerpos que vagan vacíos sin alma;
sentimientos expuestos en migajas.

Lo que yo quiero es dormir en tu palma;
demostrarte como en mi vida encajas;
quiero el fin de mis días en tu calma.


https://www.youtube.com/watch?v=qNIyXo7tAOk

martes, 13 de septiembre de 2016

Soneto en Arrepentimiento Mayor




¿Dónde van mis fuerzas sin tu sonrisa?
¿Todos mis anhelos sin tus abrazos?
¿Dónde alcanzar un pequeño descanso
si desaparecieras de mi vida?

Cómo curar todas estas heridas,
y cómo remediar todos mis fallos
si cuando te vas lejos, yo no valgo,
ni me recupero de mis caídas.

Si para vencer esta oscuridad
no encuentro mejor arma que tu luz,
ni mayor escudo que tu bondad.

Mi arrepentimiento será mi cruz;
pero los dos sabemos la verdad:
y es que mi único futuro eres tú.


domingo, 11 de septiembre de 2016

Eternidad

Llueve, y el agua empapa mi cuerpo. Las lágrimas que brotan de mis ojos se confunden con la tormenta de alrededor. Las alcantarillas tragan todo lo rápido que pueden, pero no consiguen llevarse tu recuerdo. Una noche más, cojo el lápiz, y me pongo a escribir que te echo de menos. Por si mi dolor se diluye como la tinta bajo este aguacero. Pero no.

Una noche más, vengo a decir que lo siento. Que un error puede destruir muchas vidas. Que un error cometido por un panadero incendió toda la ciudad de Londres. Que un error dejó la torre de Pisa inclinada. Pero que, hoy por hoy, y por eso, es más bonita.

Que mi error nos ha costado muchas vidas. Nos ha costado un futuro que nunca conoceremos, por lo menos tal como fue concebido. Que la tierra se partió en dos, y el cielo lloró sobre nuestros fantasmas en el césped de aquel parque alejado. Y todavía quedan las huellas de unos neumáticos tristes  avanzando, y unas lágrimas cobardes en la tierra que nos vio morir.

Que el frío de la lluvia en mi piel no se compara con el que dejó tu ausencia en mi alma. El frío de saber que fuiste tú mismo quien se quitó el abrigo, y se quedó desnudo pensando que en el siguiente camino siempre sería verano.

El frío de saber que estabas genial. Que quisiste estar mejor. Y que aquí estás. Que a tus ojos se abrían miles de posibilidades, brillantes como diamantes; miles de posibilidades como oasis en el desierto. Pero lo que hiciste fue abandonar el único oasis que encontraste en tu vida, que calmaba tu sed, por ir a aquellas lejanas visiones que terminaron siendo espejismos. Y aquí estás, muriendo de frío en la noche del desierto.

Que se puede decir, que me lo merezco, por tonto. Que no hay nada a lo que tenga derecho. Que a veces se gana, y a veces se pierde. Y a veces, se pierde para siempre. Y hay errores insubsanables, incorregibles, que no borra ni el tipex.

Y todo acaba hundido, yéndose a pique. En un mar de escombros, de recuerdos fragmentados de una historia demasiado corta, que estaba destinada a durar más vidas.

Que quizá, como dice la canción, tenga más suerte, y me regalen otra vida en la que pueda conocerte. Con más detenimiento. Y pueda susurrarte, limando los detalles, buscando los sabores. Que quizá, tenga más suerte.

Pero quizá, solo haya una vida. Y haya desperdiciado la oportunidad de hacer algo grande en ella, a tu lado. Porque cada día contigo ya era grande. Porque no había muros que pudieran detenernos, ni separarnos.

Porque, lo sabes, somos iguales. Que Dios nos creó, como la horma exacta de nuestras ilusiones. Que encajábamos mejor que la música y el cine. Que somos la mejor historia que se puede contar.
Y yo tiré todo eso por la borda; pero la marea te devuelve todas las cosas, y estas olas me ahogan. Porque respiraba contigo, y tus pulmones llenaban de aire los míos.

Que quizá, “ahora viene cuando debería de aprender a ir aterrizando, y desenvolver todas esas noches que no vamos a tener”.

Pero que no. Que si hay una frase que me tengo que tatuar durante todos los meses que vienen, es la siguiente:

"Hay momentos en los que un hombre tiene que luchar, y hay momentos en los que debe aceptar que ha perdido su destino, que el barco ha zarpado, que solo un iluso seguiría insistiendo. Lo cierto es que yo siempre fui un iluso"

Que siempre fui un iluso, ya lo sabes. "Loco, insensato, iluso".
.
Y ahora solo puedo llorar, y seguir chocando contra el muro, hasta que se destruya, o me destruya yo. Porque no voy a parar.

Porque no quiero renunciar al camino que sé que nunca debí dejar, el camino que llevaba mis huellas y que olía a hogar. Ahora veo ese camino desde detrás de la verja, pero me da igual. Me volveré a chocar, y a chocar, y a chocar. Y a chocar. Y a chocar.

Oirás los ecos. Sentirás los impactos. Y seguiré. Seguiré hasta que mi cuerpo no pueda más, hasta que a este escritor no le queden palabras que decir, hasta que se muera la última brizna verde de esperanza que me mantiene en pie.

Y seguiré.

Y seguiré.

Y seguiré.

Porque pienso que no hay muro que contenga la voluntad firme de un hombre enamorado, y arrepentido. Y, al final, si hay que morir, que sea de intentar volver a ese camino.

Y sigo.





[Un emperador le pregunta al hijo del pastor: “¿Cuántos segundos tiene la eternidad?”. Y el hijo del pastor dice: “Hay una montaña hecha de puro diamante. ¡Toma una hora escalarla, y una hora rodearla! Cada cien años, un pajarito llega y afila su pico en la montaña de diamante. Y cuando toda la montaña haya sido cincelada, ¡el primer segundo de la eternidad habrá pasado!”.

Podrías pensar que eso es una locura de tiempo. Personalmente, creo que es una locura de pájaro”.]

miércoles, 31 de agosto de 2016

Cáscara

Coraza de duro acero,
falso corazón de piedra;
el amor, un recuerdo ciego
de un cariño que ya no era.

Voz que ahora no tiembla,
maquillaje de sonrisa;
ilusiones que no sueñan
matadas por la prisa.

Las promesas, con pinzas;
pies de plomo, en la tierra.
Mejor ser egoísta
que morir por la pena.

Tu cuerpo, tu trinchera;
sin hogar ni más refugio
que la sangre de tus venas,
de latidos en desuso.

La esperanza ya está muerta
en tumba sin epitafio;
y tus ojos no reflejan
ningún buen presagio.

Hoy no sientes, solos piensas.
Tus pupilas, un agujero.
Tu pulso ya no se encuentra.
Tu futuro viste de negro.



martes, 9 de agosto de 2016

Soneto del capitán

Mis barcos no aguantan ya tu abordaje:
se hunden como si fueran papel.
Contra ti no sirve ningún anclaje,
ya no ofrece lucha este timonel.

El olvido no pagó tu peaje,
y mi memoria sigue siendo fiel;
parece que mientras dure mi viaje
tú seguirás tatuada en mi piel.

“Mis barcos se hunden solo al mencionarte”,
y no parece que pueda escapar
si mis noches se empeñan en soñarte.

No hay en este mundo un azulado mar
donde dejar tus recuerdos aparte;
otro día más, me dejo matar.


miércoles, 3 de agosto de 2016

Hoy, que no hicimos aniversario - Mi deuda y mi llanto

Hoy, que mis palabras se suicidan lanzándose al vacío de tu recuerdo.
Hoy, que tu sonrisa ya no está,
que huyó lejos
al sentir el frío
detrás de mis versos.

Hoy me viene el recuerdo
de la promesa no cumplida
de un texto.

De un texto escrito en mi mente
que no se llegó a plasmar.

De un texto que, si intentara escribir,
me haría llorar.

Unos versos que hablaban de ti,
de la tranquilidad que me daban tus abrazos,
del mar en calma que eras cada noche de tormenta
para este pequeño barco.

Hablaban de lo que en realidad te necesitaba
de como sin ser lo que pedía,
sin ser lo que buscaba,
eras lo que podía arreglar mi humilde vida.

Contaban como me balanceaba en tu sonrisa,
como Dios nos hizo el uno para el otro;
como sanaste cada una de mis espinas,
aunque sangraran tus dedos.

Versos que querían susurrarte
que estábamos sincronizados;
que este guerrero no necesitaba baluarte
si mi seguridad quedaba en tus manos.

Me acuerdo de ese texto que nunca te escribí,
que dudaste, al final, que existiera.
Esas líneas que querían retratarte y, así,
intentar dedicarte algo que mereciera la pena.

Y me acuerdo de ese final;
de ese último beso camino del último asalto;
de ese día azul con tormenta en nuestros ojos;
de las últimas  palabras que nos cruzamos.

Me acuerdo del dolor,
me acuerdo de mi llanto.
De mi ojos pidiendo perdón,
y de mi derrumbe tan mal disimulado.

Hoy, que no hicimos aniversario;
que tu piel está lejos,
que me recordarás como un amor de verano,
como alguien que solo hizo daño.

Hoy me acuerdo de ti, y te hablo:
pero te hablo al papel,
que puede sostener todo mi fracaso,
sin abrir cicatrices,
sin volver a herirte,
sin intentar decirte,
que para olvidarte
y dejar de pensarte cada puto día,
para dejar de arrepentirme
necesitaré dos o tres vidas.


sábado, 30 de julio de 2016

Soneto XXIII

El polvo se acumula en cada esquina.
La gris soledad campa a sus anchas.
No sobreviví a la blanca avalancha
de todas tus ausencias en mi retina.

Maldito tiempo, todo lo fulmina;
mis huesos no aguantan otra revancha.
Pasarán años, y tu negra mancha
 seguirá en mi piel, mientras la calcina.

Es de día, pero, sin ti, está oscuro;
y la cama es una prisión azul
siendo tus rojos silencios los muros.

Ya no caben recuerdos en el baúl;
ya no hay gritos, solo verdes susurros,
y una tumba con madera del último abedul.


viernes, 17 de junio de 2016

Oda [a una amiga]


Una curva en su cara
me habla de mejores tiempos
mientras la luz de sus ojos,
clara,
detiene el segundero;

y explotan todos mis relojes
con cada una de sus palabras;
con cada uno de sus abrazos,
se encogen
y desaparecen, todos mis fantasmas.

Nunca has conocido la alegría
si no has pasado una tarde a su lado;
ni habrás conocido la belleza,
si su risa
no te ha hecho querer morir en sus brazos;

si el roce de su piel no ha estremecido
tu corazón,
si no lo ha dejado temblando;
si no has pensado que el invierno,
desde que la conoces,
ha quedado derrotado.



Porque ella es pura primavera
y, a la vez, el sol del verano;
porque mi alma esta bendita
desde que la meció entre sus manos.

Porque yo no sé lo que daría,
para que el cielo le devuelva
aunque fuera,
la mitad de las sonrisas
que ella está dejando en esta Tierra.

Joder, no encuentro las palabras para describirla
ni a ella
ni a su pelo moreno, ni a su piel hecha de arena.

Solo sé que lo que me han contado:
que el viento corre porque intenta llevársela,
que la noche la quiere como nueva reina
que el Sol llora cuando ella tiene pena;
que Extremadura echa de menos a su niña,
y todos los espejos desean ver como se peina,
que la marea sube para besar sus piernas,
que está en el Mundo para dejar su estela.

Que los almohadas están llenas de sueños
y el Universo lleno de suspiros
que llevan su nombre.

Y los aviones en los aeropuertos
se niegan a despegar,
porque no quieren dejarla atrás.

Y las rocas se han reblandecido,
y la oscuridad ha quedado enterrada;
y con sus besos ha florecido
el desierto que tenía a mi ilusión embargada.

[No voy a hacerle honra a tu acento
con estas pequeñas líneas;
pero me pediste que te dedicara unos versos
y aquí los tienes, mi niña.]

sábado, 4 de junio de 2016

La carta que nunca quise escribir - Incendios

Desgranar cada una de las sílabas sin saber bien lo que se va a decir no es lo más fácil del mundo, eso está claro.

No sé cómo llegamos a esta situación. Esta es la última carta que te escribo y, probablemente, lo haga solo para llenar el vacío que tu silencio deja al responder a mis preguntas. Para limpiar mi conciencia de un error no cometido, para cerrar el capítulo final de un libro cuya tinta ya se ha borrado, dónde solo nos esperan los barrancos de espacios en blanco.

Entré en tu caos, sin miedo. Y no salí herido por él. Tu caos no es nada. No es tan grande como lo ves, no es tan oscuro como lo sientes. Tu caos no es nada comparado con el miedo que le tienes.

Todas las personas tememos cosas, tenemos miedo. Y los objetos de nuestro miedo son una milésima parte de lo grandes que los hacemos. Pero nuestra falta de cojones a enfrentarlos nos dejan en el barro. Nos obligan a despegar en “avenidas de pegamento, clavados por las rodillas”. Simplemente, tu caos es una piedra en las zapatillas de tu ilusión.


Pero aun así, no es mi lucha, ni mi campo de batalla. No podré ser el enfermero de tus soldados, el pañuelo de tus lágrimas, ni el tesoro de tus risas. No podré ser tu abrazo en la noche, tu caricia en la mañana, tu sol en la mejilla. No podré ser tus metas conseguidas, tu consuelo en los fracasos, el motor en tu vuelo. No podré ser tus cosquillas, tu mano en el barranco, tu guardia en tus descansos.

No habrá peleas de broma, ni en serio. No habrá más domingos tristes y fallidos de San Valentín, ni más cumpleaños con sorpresas. No compartiremos lágrimas de alegría, ni de miedo por lo lejano que queda ese concierto. No habrá más secretos compartidos, ni palabras, ni versos al oído.

No habrá silencios ni miradas cómplices, ni silencios ni miradas incómodas. No volveré a llamarte, y tú no volverás a dejarlo sonar. No volverán a existir celos por noches ajenas, ni reconciliaciones con sabor a encuentro.

No volveré a coger ese tren en la estación para verte, ni volveré a estar en cada andén, esperándote, con ningún regalo.

No volverá a haber despedidas cada domingo por la tarde por la ventanilla de un cercanías que no entiende de sentimientos. No volverán a existir Viernes felices por ir a verte.

No volveremos a tener cenas románticas, ni millones de comidas en un VIP.

Nuestros pasos no sonarán juntos por Madrid. Nuestros pisos no nos volverán a ver besarnos mientras sonreímos. Tu vecina ya no nos observará, y mi portero se olvidará de tu cara.

Las esperanzas que teníamos no se cumplirán, y los temores han vencido.
Cada semáforo en rojo me verá pasar, y se acordará de ti. Las lluvias ya no empaparán nuestro pelo mientras corres y yo te sigo.

No habrá más ausencias de cada uno en nuestras camas, porque no habrá presencias del otro. Tu hueco en la almohada olvidará tu nombre, y los sueños que guardó se evaporarán con el próximo verano.

Tu espalda ya no tiene sitio para mis masajes, ni la mía para tus besos.

Hoy, tus silencios gritan el punto final de esta novela corta.

No habrá finales felices, ni comidas familiares.

Quizá, algún día, nos cante a la cara Andrés Suárez. Pero, probablemente, ese día seremos un desconocido para el otro.

Y por eso lloré aquel día, y por eso lloro hoy.

Porque tus incendios se ven desde lejos. Y a mí no me han quemado, pero a ti te está consumiendo. Y no habrá más palabras que los apaguen.

Te dije que estaría siempre para ti. Y lo sigo estando. Pero también estaré siempre lejos de ti, y más cuando tus barreras no hacen más que alejarnos.

Aquí quedó el epílogo, o epitafio, que completa el silencio que tus sentimientos dejaron al irse y guardarse en tu interior.

Espero que alguien logre apagar tus incendios.

Porque no, tampoco volveré a ser tu bombero, tu medicina, ni tu kit anti incendios.

Ahora te toca a ti enfrentarte a tus miedos.


Hasta siempre.


jueves, 2 de junio de 2016

Tiembla la noche

Tiemblan tus pupilas,
tu alma de animal,
transparente y sucia
de pólvora y metal.

Tu herida no cicatriza:
un veneno no la deja cerrar.
Una sombra cosida a ella
oscura, negra y llena de maldad.

Te la quieres quitar, pero quema;
y tus dedos, insensibles,
no pueden secar tus lágrimas,
ni escribir en tu interior "Libre".



Otra vez se escuchan pasos,
otra vez viene la noche,
otra vez duele la herida,
otra vez, tu corazón se esconde.

Otro mensaje, otra llamada.
Otra promesa de devolverte la paz.
Otra vez querrás creer.
Otras vez caerás en la oscuridad.

Tiemblan tus pupilas
y tu mirada me alcanza.
Los puñales de tu interior
también pinchan mi alma.

Tiemblan tus pupilas,
tiemblan tus piernas,
tiembla toda tu vida,
tu esperanza termina.

Hoy, tiembla la tierra
aunque tú no digas nada.
Hoy, suena un réquiem en lo alto.
Hoy, tu sonrisa ha sido asesinada.

[otra vez]

jueves, 12 de mayo de 2016

Milagro


-       ¿De qué me suenas?

Esa fue la segunda vez que la vi. Sucedió, más o menos, a la semana y media de aquel encuentro en el metro.

-       Creo que te sueno porque soy el chico que llegó tarde por dejarte pasar antes al metro – dije mientras sonreí.

Era primera hora de la mañana, quedaban cinco minutos para empezar las clases y yo estaba pidiendo mi café con leche de todos los días. Ella, mientras, estaba cogiendo agua del grifo que había en la barra en una botella, y se me había quedado mirando con cara pensativa. Llevaba una chaqueta de cuero corta, propia del tiempo primaveral que estaba haciendo, y vestía la misma sonrisa que mi mente había guardado y me repetía en algunas ensoñaciones durante mi día. Tanto la una como la otra le quedaban perfectas. De repente, sus ojos se abrieron mucho y se rió.

-       ¡Cierto! Si te sirve de consuelo, el vagón al que entré olía fatal. Por lo menos te libraste de sufrir ese castigo.

Iba a contestar cuando el camarero me tendió el café con la habitual simpatía que caracteriza a los hosteleros de mi facultad. Antes de poder decir nada, ella ya estaba saliendo de la cafetería, después de decirme “bueno, ¡gracias por lo del otro día” y despedirse mientras iba salpicando de agua todo el suelo. Yo cogí mi café, sonreí, y me dirigí a la clase mientras me preguntaba si ella estudiaría también en mi edificio.

Ese mismo día, por la tarde, fui a la Fnac de Callao a la presentación de un libro. Una de las mejores cosas de Madrid es que siempre hay presentaciones de discos y libros; además, gratis. No se puede pedir más a la vida.  Aquella vez, el autor no era muy conocido, por lo que pude entrar sin problemas aunque llegara cinco minutos antes de que empezara. Mientras miraba el móvil sentado, en una de las filas de en medio, oí, para mi sorpresa, su voz:

-       ¡No puede ser!

Miré hacia mi izquierda y allí estaba ella, con un chico. Lógicamente, después de mi sorpresa inicial me hundí ligeramente en el fango al suponer que ese debía ser su novio, lo que más adelante descubriría que fue una suposición incorrecta. Como sea, empezamos a hablar de la presentación que íbamos a ver, de cómo habíamos conocido al autor (ya os digo que no era muy famoso) y de libros, hasta que la presentación empezó. El chico que la acompañaba no hablaba, y básicamente miraba a su móvil con cara de acelga. Y ni siquiera sé cómo es esa cara, pero seguro que era la del chico.

Cuando la presentación terminó, nos pusimos en la cola para que el autor nos firmara el libro que llevábamos cada uno en nuestras respectivas mochilas. Obviamente, dejé que pasara primera en la fila. Su amigo cara-acelga se despidió de nosotros y se fue, ya que, por lo visto, debía coger un tren y no le daba tiempo a quedarse más tiempo. Mejor. Nunca he sido mucho de verduras.

Al salir, empecé a despedirme diciéndole lo típico de “A ver si nos volvemos a ver” y todo eso; pero ella, afortunadamente, me ofreció tomar algo. En realidad yo había quedado esa noche para cenar con unos amigos, pero qué coño; estas oportunidades hay que aprovecharlas. Mandé un whatsapp enigmático por el grupo de mis amigos, diciendo que al final no iba a poder ir a cenar, y acto seguido quité los datos del móvil.

Reconozco que no fuimos al sitio vintage, hipster y moderno que esperaríais que apareciera. Acabamos en la terraza del “Cien montaditos” que hay detrás de Ópera, y después fuimos a dar un paseo por el Palacio. Hablamos de todo un poco. Resulta que ella estudiaba la misma carrera que yo estudié, era madrileña de pura cepa y, a pesar de eso, resulto bastante cariñosa. Lo siento, pero en general los madrileños no suelen ser tan cariñosos como los que venimos de un poco más al sur de España. Eso es así.

La tarde se convirtió en noche, y, al llegar al metro, pese a que insistí en acompañarla a casa, nos separamos. Al decirnos adiós, y tras tanta charla, por fin nos dijimos nuestros nombres; con apellidos y todo, porque a ella le hacía mucha gracia lo rimbombante que sonaban los suyos, y siempre los repetía con aires de condesa.

Al llegar a mi piso y encender el ordenador, encontré una petición de amistad de Facebook. Y menos mal. Probablemente la hubiera buscado yo si eso no hubiera sucedido, pero siempre tengo la sensación de que cuando lo hace un chico parece un poco plasta, así que prefería mil veces que me la hubiera mandado ella. En su foto de perfil aparecía enterrada en un montículo de libros, del que únicamente sobresalía su cara. Con esa foto ya me había ganado.

Acepté la invitación, le pregunté por el chat si había llegado bien a casa y, tras unas pocas tonterías, nos despedimos y me fui a acostar.


Sin embargo, no podía conciliar el sueño. Era la una y media de la mañana, y al día siguiente tenía que levantarme a las siete, pero no paraba de pensar en la conversación que habíamos tenido esta tarde. Decidí ponerme los cascos y escuchar música mientras sonreía por la suerte que tenía. Cuando me dormí, la última canción que sonaba era “Como conocí a vuestra madre” de Iván Ferreiro, y su frase “ni fue un accidente, ni existe el destino; fue tan solo suerte, fue todo un milagro” sirvió como broche de aquella noche tan perfecta.


martes, 10 de mayo de 2016

Hoop

La primera vez que pasé por su lado, al salir del supermercado, le di un euro.

La segunda vez que pasé por su lado, al entrar, le pregunté que necesitaba que le comprara.

La tercera vez, por fin, le pregunté cómo se llamaba. Hoop.





Casi todos los días, al volver de la universidad, le veía dentro del supermercado, al lado de las puertas automáticas, mirando hacia el horizonte, hacia un cielo que creía tener en sus manos y un revés del destino le negó. Su mirada estaba lejos, como su mente. Quizá, pensaba en su familia, en sus amigos; quizá, no pensaba en nada.

De piel oscura y mirada clara, siempre sonreía e inclinaba levemente la cabeza cuando alguien le daba algo, repitiendo varias veces un “gracias” dicho desde lo más profundo.

Cuando me contó como buscaba trabajo, como había echado currículums en ese mismo supermercado y en cientos de sitios más, también sonreía. Pero los ojos no. La primera vez que hable con él sobre esto, sentí que sus ojos no estaban llenos de lágrimas; estaban llenos de mar, de océano, de tsunami. Sentí que, a la mínima, iba a inundarse todo Madrid con el sufrimiento de aquel hombre. Sin embargo, ninguna lágrima se derramó, y en su casa seguía su sonrisa. Parecía querer evitar que se viera su tristeza mirando repetidamente hacia la calle, intentando esquivar mis ojos. Lo intentaba, sin éxito; hay cosas que no se pueden ocultar, al menos no a quien mira a los demás como lo que son: personas.

Todos los días que pasaba y me encontraba con Hoop, le preguntaba que necesita, que quería que comprara para él. Casi siempre era lo mismo: simplemente, un poco de arroz. Y casi siempre hacía lo mismo: entraba detrás de mí y, guiándome, me señalaba el arroz más barato de la tienda. Todos los días le daba la mano al llegar, le tocaba el hombro, le preguntaba qué tal estaba. Y él, todos los días, me respondía con su sonrisa: una sonrisa que hacía creer que era el hombre más afortunado del mundo, y que hacía imposible que yo me imaginara lo que debía pasar el resto del tiempo. Pero algo se intuía porque, al estar llegando, al irme, esa sonrisa se le borraba, y volvía la mirada ensoñadora a través del cristal de las puertas automáticas, mirando al cielo.



Hoy llovía. Llovía mucho. Odio cuando llueve tanto y tengo que andar de aquí para allá. Precisamente por eso, al volver en el metro, había desechado la idea de pasarme a comprar cosas. Ya lo haría por la tarde si mejoraba el tiempo, a mañana. Sin embargo, al pasar por delante del supermercado, le vi y, obviamente, tuve que pasar. Y menos mal.

Tras una pequeña conversación, sobretodo quejándonos de la lluvia, le pregunté que necesitaba y, como la mayoría de veces, me pidió arroz. Cuando iba a entrar a comprar, cambió de idea, y me dijo que no, que si podía comprar un poco de tomate natural, ese que viene en lata y triturado. Le contesté que no había problema y, cuando entré, pasó detrás de mí y me señaló la lata de tomate triturado más barata de todo el establecimiento. Sonreí y afirmé con la cabeza y, cuando se fue, cogí también arroz.

No es cuestión de que tenga que elegir entre las dos cosas si necesita las dos y yo puedo dárselas por un par de euros.

Al llegar a caja me fijé en que él no tenía ninguna bolsa, ninguna mochila; así, le pedí a la cajera que me diera una bolsa extra, para que pudiera llevar el arroz y el tomate más fácilmente.

Al dársela, le pregunté cómo iba la búsqueda de trabajo. Y me sonrío. Y me dijo que iba a trabajar en Lleida, en una empresa en la que trabajó hace tiempo, que estaba esperando que le llamaran. Todo esto me lo decía mientras sonreía y miraba a la calle, al cielo, con una mirada perdida; pera esta vez, perdida en otras ciudades, en otros lugares, llenos de esperanza. Que estaba esperando que le llamaran y, en cuanto lo hicieran, se iba para allí, probablemente la semana que viene. Ojalá le llamen.

Es gracioso que, aunque él sonriera, yo esté a punto de llorar al escribirlo. Y lloro a la mitad.

Un ojo me llora de alegría.

Otro ojo me llora porque es verdad. Es verdad. Es verdad que algo se rompe en el alma, cuando un amigo se va.

domingo, 8 de mayo de 2016

El lado bueno

Adiós, te suelto la mano.
Permíteme navegar;
ser, por un tiempo, náufrago.

Prohibirme tu seguridad,
abandonar tu cobijo.
Hoy es mi guerra contra tu paz.

Saltarme tantos avisos
creados por mi miedo
a horizontes infinitos.

Dentro de mí queda tu hueco,
la habitación silenciosa
que no redecoré por terco.

Dentro de mí, algo llora;
dentro de mí, algo lucha;
dentro de mí, algo devora.

Dentro de ti, algo me escucha;
dentro de ti, algo me sueña.
Dentro de ti, algo me busca.

Hoy, mi alma no tiene dueña;
con vuestra sangre en las manos,
quiso lavarse con espera.

Hoy, llegan los días raros,
de primavera dulce
y suspiros en vano.

Hoy, acepto que te fuiste,
y levanto mi destierro.
Hoy, la soledad me viste.
Hoy, me convierto en viento.

[Si te ha llegado, hazlo llegar tuiteándolo :)]


miércoles, 4 de mayo de 2016

Lista de lágrimas

Todavía escucho en mis oídos el latido de tu corazón, haciéndose eco en mi interior.

Todavía huelo a mar, y siento en la piel la humedad del aire…y de tu sudor.

Todavía aparece en mi sueño tu imagen, recortando las estrellas del firmamento.

Todavía me acaricia tu risa, y la brisa de ese mar dormido que nos esperó; aunque llegáramos corriendo, sin aliento y sin miedo.



Todavía veo desde las alturas a la ciudad rendida a nuestros pies. Todavía imagino que vuelo a tu lado, sin vértigo.

Todavía me sabe la boca a la sorpresa de tus labios, a tu aliento derritiéndose por los míos.

Todavía te veo a través de una réflex, brillando con el reflejo de un Sol que ilumina a la Tierra solo por estar cerca de tu piel.

Todavía siento que mi tacto está olvidando como tocaba tu espalda cuando me abrazabas. Todavía siento que no quiero olvidarlo.

Todavía me esperan los trenes en la estación, intuyendo mis ganas de cogerlos y hacer una locura, una vez más.

Todavía tengo tatuada una lista de promesas incumplidas en cada palabra.

Todavía miro al cielo, al cielo azul, y todavía te veo.

Todavía.

Todavía.

Me rindo.


Todavía te echo de menos.

martes, 3 de mayo de 2016

Cielo lunar

Ella estaba leyendo un libro cualquiera, sentada en un asiento cualquiera de un vagón de metro cualquiera. En sus auriculares sonaba Jacob de Haan, banda sonora de casi todos los libros que caían en sus manos.

Su tranquilidad y concentración contrastaban con la energía sin domar de un grupo de jóvenes recién salidos del instituto, que se pegaban entre ellos y se reían a carcajadas, haciendo caso omiso de las miradas de incomprensión que les lanzaban los ancianos del lugar. Por el otro extremo, en fin, sonaba la guitarra de una chica que se ganaba su sustento de metro en metro.

En mitad de todo, como iba diciendo, estaba ella. Mi mirada reposaba en su cara. Cuando encuentras un oasis de paz en medio del barullo de la urbe, no puedes despegar los ojos. En mis auriculares sonaba la voz de Chino, cantando la canción que daba nombre al grupo. De hecho, justo cuando empezaba a decir “sé que tendré el cielo entre mis manos” me había fijado en ella.



Quizá os estéis preguntando cómo era. Y llevo tres párrafos sin atreverme a describirla, pues se que cualquier intento solo ensuciaría su imagen. Si os sirve de algo, tenía una cara muy blanca. Pero no ese blanco pálido de pared, sino un blanco de luz lunar. Su pelo era liso, con unas mechas californianas que caían hasta sus hombros, deteniendo justo a esa altura su cascada. El resto de sus rasgos estaban mirando al libro, por lo que en ese momento no pude verlos.

Normalmente, me fijaría más en el libro que en la propia persona que lo lee. Pero tenía algo especial. Sé que suena a tópico, cuento, exageración y tontería. Todo lo que queráis. Sin embargo, que levante la mano quien no se ha quedado alguna vez mirando a una persona desconocida sin poder apartar los ojos. Y ella me obligó a quedarme mirándola sin apartar la mirada. De repente, todo a mi alrededor estaba oscuro, menos su imagen.

Conforme el vagón se iba vaciando, yo me iba quedando más embobado. Ni siquiera era consciente. Me di cuenta cuando levantó la mirada y la fijo en mí, con una expresión más de “¿Hola? ¿Qué miras?” que de película romántica. Le sonreí e intuí como toda la sangre de mi cuerpo pintaba mis mejillas de un rojo fluorescente. En ese momento baje la mirada al suelo, aunque de reojo creo que la vi reír.

Los dos nos bajamos en Moncloa, y los dos fuimos directos al andén de la línea 6, para llegar a Ciudad Universitaria. Como siempre, estaba lleno. Cuando entró el metro en la estación, todos intentamos pasar a esas pequeñas latas de sardinas, pero el espacio tiene sus límites. Justo cuando iba a hacerme un pequeño hueco en el último vagón, me choqué con alguien. Lógicamente, era ella. Y, lógicamente, la deje pasar, quedándome en el andén. Para mis adentros, yo lucía como el mejor caballero del mundo, pero probablemente tendría simplemente cara de tonto. Ella me dijo “Gracias”, me sonrío, y ví como se alejaba en el último vagón, con el libro cualquiera que antes estaba leyendo en la mano, y que resultó ser “Rimas y Leyendas” de Bécquer.

Mientras esperaba el siguiente metro, decidí quitarme los cascos y abrir mi mochila. Ahí estaba mi libro de “Rimas y Leyendas”. Hacía mucho que no lo cogía, y esa mañana había decidido que era un buen día para volver a leerlo.


Ese fue el primer día que la vi y, gracias a Dios, no fue el último.

lunes, 2 de mayo de 2016

Punto

Punto y aparte.

Lanzándonos a otro precipicio. Pasando hoja. Abriendo otro capítulo.

Punto y seguido. Con la misma sonrisa, creando el destino.

Punto y coma; un descanso, pequeño respiro.

Dos puntos: declaración de intenciones, de promesas, de te quieros (in)cumplidos.

Punto y final.

Soledad. Nada más.


O mejor, puntos suspensivos...el resto del poema es tuyo y mío.

miércoles, 27 de abril de 2016

Primavera huida

Y llega el día. Tu cumpleaños. Primavera.

Pero, esta vez, no hay nadie nervioso al otro lado de la pantalla de tu móvil, a las 23:59, contando los segundos para darle a enviar. En su lugar, llegará una felicitación de esa persona en mitad del día, tan gris como cualquier otra felicitación anónima, silenciosa. Tan pequeña y tan diferente a las palabras que antes te susurraba, y que estabas acostumbrado a escuchar.

Tres líneas, deseándote un feliz día, y exclamando “a ver si nos vemos”. Con un energía falsa. Una felicitación cuya letra negra en la pantalla es la sombra de los brillos que antes reflejaba su cara al verte. La noche de invierno que ha sucedido a aquel magnífico verano soleado. La prueba de que el camino andado se ha derrumbado bajo el peso de cada paso cargando con el ayer y esperando un futuro que, como no, llega con retraso.

Y, tras mirar la pulsera que te recuerda a ella, escribes “Muchas gracias”, añadiendo emoticonos. Emoticonos de sonrisa que antes ponías tras un “Buenos días”, un “¿Qué tal?”, o un “Te quiero”. Lo bueno del móvil, es que las sonrisas que pones no se pueden leer. Si se pudieran, se evidenciaría que esa sonrisa es triste, como un mar nublado y gris; apagado. Se evidenciaría que esa sonrisa esconde los restos de las fosilizadas huellas de alegría compartida tiempo atrás, que cada arruga se forma con el polvo que ha dejado la felicidad por no usarla.

Y se cierra la conversación. Comprendes que todo ha terminado. Que las esperanzas de volver a compartir tanto como se ha compartido, de volver a vivir esa complicidad, han quedado enterradas en una fosa común dónde no se distinguen las promesas y las verdades. Que la lluvia de tus ojos está embarrando todo a tu alrededor, y te hundes en esa fosa, y que tendrás que luchar por salir.
   
Y apagas el móvil.

Y, en tu interior, la ausencia de unas palabras con más sentido que un simple “Felicidades” te obliga a enfrentar la realidad, a aceptar que en este cumpleaños no hay un regalo especial, ni el abrazo de aquella tan lejana alma gemela.

Y, tras mirar la pulsera que te recuerda a ella, te la quitas y la guardas. Y te sientes más desprotegido ante un mundo que, pese a ser el de siempre, parece más envejecido con tu nueva edad, y más hostil con tus nuevas cicatrices.


Y, poco a poco, la primavera se va, olvidando para que fue llamada.


domingo, 17 de abril de 2016

Gris polvo

Estaba en un bar, a esa hora en la que la gente aún parece normal. Observaba como todos se miraban con esa máscara de falsa cordialidad. Genial. Otro día más a aguantar las miradas de lástima que desde la barra me lanzaban las niñas de papá.

-       ¡Jefe, otro más!

A los camareros se les llama así. Es la única forma de parecer el amo del local.

En fin, como iba contando, estaba en un bar. La luz del sol todavía se filtraba por las ventanas amenazando mi iris azul claro. Porque si, es el iris lo que tiene color, y no la pupila. Lo siento por Bécquer, pero las pupilas azules no existen. Y el amor infinito tampoco. Y mi alma de poeta se fue una tarde de invierno con ella, eso también.

Sea como fuere, y hablando precisamente de ella, en medio de esa trémula luz que amenazaba a los niños con el hombre del saco entró su figura por la puerta. Su figura, porque solo se veía su sombra recortada, pero aún así la reconocería en cualquier lugar que la viera.  Esa entrada me habría sorprendido en gran medida si no fuera por las copas que llevaba encima. Encima literalmente, porque también me había vertido unas cuantas.

Sin embargo, su figura no entraba sola. Detrás de ella iba la oscura forma de un hombre-armario, probablemente muy cretino y que no sabría hacerla reír. Se sentaron en un rincón. Desde esa posición podía ver mejor su cara, iluminada por el moribundo atardecer. Sonreía. Pero sonreía como a mí nunca me había sonreído: falsamente.  Ese tipo no tenía la menor idea de leer ni una de sus expresiones faciales, y allí estaba, con ella. Maldita sea. “Cupido debe estar más borracho que yo”, pensé.

Durante la media hora que estuvieron allí sentados, yo no aparté la mirada de ella, aunque pareció no inmutarse. Probablemente fuera porque estuvieron más de veinte minutos mirando el móvil cada uno. Cuando ella estaba conmigo, se olvidaba del móvil, de la gente, del mundo entero. Y ese gilipollas salía a tomar un par de coca colas con ella para hablar por el grupo de sus colegas del gimnasio y presumir de estar con la tía más guapa de Madrid.


Cuando se levantaron, fue ella a pagar a la barra. Encima. Seguramente el hombre-armario se habría gastado su sueldo de camello en anabolizantes, y ahora no podía ni invitarla a una hamburguesa de un euro. Me estaba poniendo de los nervios, pero para cualquier espectador externo yo seguía tirado en la mesa con cara de perro abandonado, con el olor a whisky barato incluido.
Primero salió el hombre-armario, mirando el móvil y dejando que la puerta golpeara prácticamente la cara de la que antes me abrazaba por las noches. Si el alcohol me volviera violento probablemente habría salido a pegar al hombre-armario, y probablemente habría acabado en el hospital. Yo, claro. Pero me hubiera dado igual. En todo caso, el alcohol me sedaba más que otra cosa, así que me quede en el mismo taburete, pensando que ella se merecía ese trato si era capaz de estar con alguien así.

A las diez de la noche, a la hora en la que los jóvenes empiezan a salir de sus casas, yo salía del bar. Había sido otro gran y provechoso día, y encima la había visto a ella. No se podía pedir más. Bueno, quizá se podía pedir otra copa, pero tampoco es como si me quedara dinero.

Al salir, me dirigí a la izquierda para ir hacia el piso de mala muerte donde vivía ahora, si es que lo que yo hacía se podía llamar vivir.

-Hola…

Sonó una voz a mi espalda. Lógicamente, era una voz que podría haber conocido aun estando en coma etílico.  Me di la vuelta, la miré, y seguí caminando.

- ¿No me vas a decir nada?


En este momento empezó una conversación que conllevó una serie de sucesos inesperados y nada previsibles. Pero, antes de seguir con esa historia, os tendré que contar quien era ella, las cosas que habíamos pasado juntos y, sobre todo, como cojones acabé yo en un bar borracho por su ausencia. Atentos…