lunes, 20 de julio de 2015

Los olvidados

Hoy volvía a tener una sesión.

- Bueno, hoy yo creo que va a funcionar, ¡así que espero no volver a verte por aquí!- le dijo la enfermera.

La media de duración de los tratamientos era de dos semanas. La persona que más tiempo se había mantenido ingresado llegó a un mes. Sin embargo, él ya llevaba tres meses, sin ninguna mejora aparente.

-Venga, ¡empecemos!- exclamó la enfermera.

Él veía el techo. Sentía todas las herramientas entrando en los puntos de su cabeza señalados por los manuales de medicina, las corrientes eléctricas que le dejaban sin poder hablar durante cuatro horas, ese dolor en el pecho. Sinceramente, él creía que eso no iba a servir para nada, y que pronto moriría. Su cuerpo no podría soportar estos tratamientos durante más tiempo. Pero quizá fuera la única solución.

Oía todos los ruidos rutinarios. Escuchaba los comentarios de los profesionales, quienes querían llevarle a un congreso nacional para estudiar su caso. Sentía aguijones en la cabeza. Sentía calambres en el cuerpo. Ya casi no recordaba ni su nombre.

Pasa un minuto. Dos. Treinta. Una hora.

- Bueno, pues ya está. Ya sabes, no te muevas hasta que te traigan la comida. Si necesitas algo, toca la campanilla. Si todo va bien, dentro de un par de días estarás en tu casa.


“Si todo va bien, dentro de un par de días estarás en tu casa”. Había escuchado esa frase decenas de veces. Sabía que las cosas no funcionaban así. Además, ya ni siquiera sabía dónde estaba su casa, ni si tenía una casa. Sólo dos recuerdos se mantenían totalmente nítidos en su cabeza.

El primero, el recuerdo de su médico entregándole la tarjeta de la clínica.

- Aquí podrá solucionar su problema. En un mes, como máximo, se habrá olvidado de lo que tanto le hace sufrir. Solo necesito su consentimiento firmado, y en un mes volverá a ser feliz.

El segundo, la despedida.

- Lo siento. No puedo seguir con esta relación. Es hora de que cada uno recorra caminos distintos. Siempre te recordaré con cariño. No llores. El tiempo todo lo cura. En unas semanas, ni te acordarás de mí. Adiós.


Pero no. El tiempo no lo cura todo. Ni siquiera la famosa lobotomía lo cura todo. Él no recordaba casi ni su propia cara. Pero la imagen de ella estaba clavada en él tan profundamente que solo algo podría hacer que la olvidara: la Muerte. La cual no tardaría en llegar si seguía en esa clínica. Puede que fuera lo mejor.

Llega la noche. Casi tan oscura como su mente. Se duerme.

Amenece. Suena el despertador.


Hoy vuelve a tener una sesión.

El problema es que su recuerdo no esta en su mente. Esta tatuado en su alma.


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