lunes, 22 de junio de 2015

Serendipia provocada

[Siempre pensamos en las casualidades en positivo, tipo “que casualidad que nos hayamos encontrado aquí”. ¿Y sí le damos la vuelta?]

Ella le conoció en un baile. Bueno, conocerlo quizá no sea la palabra. Le vio por primera vez en un baile. Digo baile porque queda más bonito, pero fue en una fiesta normal y corriente. Uno de esos días que ella no tenía ganas de salir pero la convencieron. Cruzó su mirada con él desde la barra hasta la mesa de billar. Para ella se paró el tiempo, supongo que podríamos llamarlo amor a primera vista. Aunque me parece un desprecio a los demás sentidos. Yo he sentido amor a primeras palabras. Pero eso es otra historia.

No os voy a contar el resto de la noche porque no merece la pena. Después de esa mirada no hubo más durante el resto de copas y jugadas de billar. Hubo pensamientos. Muchos. De hechos todo el local los oía menos ellos. Pensamientos que quedaron enterrados antes de tiempo. (Nunca llevamos flores a los sentimientos enterrados. Es una pena. Valga este párrafo como esquela).

Él la conoció en un parque. Ella estaba jugando con su perro, mientras él intentaba controlar al suyo. Los dos perros se juntaron, ya sabéis, tienen menos tontería que nosotros con esa cosa llamada “vergüenza”. Intercambiaron dos “Hola” educados y risas de situación. Los perros no se querían separar, pero ellos decidieron que era hora de volver al paseo rutinario, y tras un par de “Hasta luego” cada uno fue por su lado.

Él tosió durante un buen rato, hasta que consiguió tragarse la pregunta que tenía en la garganta. Lo peor no es ahogarse en un vaso de agua. Por lo menos ahí hay agua. Lo peor es ahogarse con las propias palabras. (Un día vamos a inundarnos de letras. Es una pena. Valga este párrafo como salida de mis palabras silenciadas).

Ellos no se conocieron. El iba a coger ese autobús, ella el metro. Él perdió el autobús y decidió coger el metro. Mientras bajaba, llegaba esa línea. La observó desde las escaleras y llamó su atención. Hoy se sentía valiente. Decidió ir a hablar con ella. Pero entonces salió un chico corriendo, perseguido por un revisor, y le empujó. Cayó rodando hasta el suelo. No le paso nada grave, más allá de una esguince. Bueno, miento. Le paso algo muy grave. Perdió su futuro perfecto. No os imagináis lo que habría sucedido tras saludarla en ese vagón. (A veces las casualidades funcionan al revés, y para que nos impiden ser felices. Es una pena. Valga este párrafo como llamada al Universo para que no haga eso. Aunque confió que todo pasa por algo. Serendipia.)


La verdad es que no son las historias más emotivas que puedan escribirse. Ni más fantásticas. Ni más conmovedoras. Pero creo que son realistas.

Y es una pena. Así que la próxima vez que sientas el amor a primera vista, que quieras perseguir una oportunidad, que necesites soltar una frase, hazlo. Ve a esa barra del bar, pregúntale si siempre pasea a su perro por allí, levántate corriendo y consigue entrar en el vagón. Las esguinces se curan. Los errores son más difíciles. Quizá no es casualidad que os encontréis, porque uno lo buscó a propósito.
Las serendipias solo dan la pista. Nosotros debemos seguirla.


Y no hablo por hablar. Yo la estoy siguiendo.

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