viernes, 12 de junio de 2015

Carta a un amor adolescente

Escribirte ahora resulta raro. Pero supongo que es necesario. Una forma de arreglar el interior del corazón para la próxima inquilina. Aunque, siendo sincero, he empezado esta carta muchas veces, y nunca se que decirte. Supongo que si te tengo que decir algo, sería algo parecido a esto.

Dicen que el primer amor nunca se olvida. Tampoco es que me lo hubiera propuesto. Hubo un tiempo en el que sí, quise borrar tu rastro. Pero tu rastro ya formaba parte de mí, y no quería perderme en el proceso. Aunque lo intenté, y por eso aparecí en lugares donde nunca me hubiera visto. Lugares donde no volveré, lugares donde fui daño, donde mi subconsciente pensaba que podía “olvidar a la reina jugando a las damas”. Pero sin derrocarte. Después me convertí en república, donde los sentimientos elegían a mi Presidenta, por votación democrática. Aunque la democracia a veces se equivoca, y lo aprendí durante todas las legislaturas de esa época. Afortunadamente, encontré el camino de regreso a mí, con lecciones aprendidas, cicatrices cerradas y con la vuelta de todas mis ganas. Me convertí en república para no estar bajo tu reinado, y acabé bajo la dictadura de mi corazón. Pero al fin y al cabo, es mía.

Fuiste fuego, y te confundí con luz. Supongo que por eso sufrí quemaduras de tercer grado, y para que se curaran tuve que esperar unos cuantos años. No sé cómo te fue a ti, tampoco creo que fuera necesario saberlo. Cada uno tiene su proceso. Como he aprendido, muchas veces sufre más el que parte, porque toma la decisión. El otro únicamente debe aprender a aceptarlo. Espero que no sufrieras mucho ni perdieras partes importante de ti en el camino hacia el futuro. A veces para pasar determinados agujeros hay que soltar lo que sobra, y a veces no sabemos elegir bien que es lo que sobra. Yo vacíe la mochila para empezar a llenarla al otro lado. Una apuesta arriesgada, pero soy afortunado, y encontré buenos dones con los que ocuparla.


Dicen que los golpes te esculpen, y esculpir es quitar lo que sobra a la fuerza. No sé si era tu objetivo, pero me ayudaste a salir. Sé que sin ti no sería como soy hoy, eso lo tengo claro. Y me gusta como soy. Por eso te estaré eternamente agradecido. Despertaste mis ganas y mis sueños. Aunque ahora sean otros sueños, las ganas de cumplirlos vienen desde esos días. Fuiste necesaria, y por eso volvería a aquellos días si hiciera falta. Espero que yo te aportara también algo.


Dicen que el amor es ciego. Y puedo asegurarlo. Ahora bien, no digo que eso sea buena, o malo. Es un hecho, una verdad, y ya está. Ahora me doy cuenta de que había demasiado diferencias entre nosotros. Los polos opuestos se atraen, pero si uno es fuego, derrite al otro polo. Nos empeñamos en estar con alguien cuando, en realidad, no es nuestro camino. Eso lo aprendí a base de caídas, y benditas caídas. Ahora cada flecha de Cupido se acerca más a la diana. No sé cual de estas flechas será la definitiva. Pero no hace falta saberlo. He aprendido a aprender de quien me rodea, estar con quien quiero. Y si alguna vez se va ese sentimiento, dejarlo sin remordimientos. El futuro es para los valientes, y la zona de confort es el peor sitio donde descansar. Es como dormir con morfina. Quizá descanses, pero no sueñas. Y yo quiero seguir soñando. Por eso, no me importa cegarme otras veces, porque después de ti aprendí que es verdad, que “lo esencial es invisible a los ojos”.

Y a veces te echo de menos. Pero no como antes. Echo de menos hablar contigo, conocerte. Porque, a veces, creo que no eres feliz. No como cuando yo te veía sonriendo de verdad. Puede que me equivoque. Puede que, simplemente, sea otra clase de felicidad. Más madura, menos infantil. Supongo que, por eso mismo, menos auténtica. A veces veo en tus ojos la posibilidad de lo que pude ser, y me pongo nostálgico, porque sé que tú también lo piensas. Pero es normal imaginárselo. Así es el ser humano. Nunca satisfecho, siempre aspirando a algo más. Siempre pensando que sería mejor. Pero se aprende, al final se aprende, que a veces es mejor un hogar que una aventura. Que tu casa también puede ser tu mayor aventura. Que una persona puede convertiste en tu guarida, y no hace falta salir para saber lo que te pierdes por estar con ella, porque sabes lo que te perderías si no lo estuvieras.

Me enseñaste a amar. Quizá no del todo, quizá no como se debe, pero me enseñaste los pilares básicos. Y estoy muy agradecido. Por eso, como ya sabes, te guardo con cariño. Pero no con amor. No con el amor de los versos ni las lágrimas; no con el amor del deseo y del sueño hecho realidad. Ese amor no sé en quién acabará, quien lo guardará para siempre y se lo quedará, y pagará con el suyo propio. No sé en quién acabará, pero también me ilusiono. Y ahora estoy subiendo a otro tren. Por eso te dejo a ti estas maletas, las maletas de aquellos años, raídas pero que guardan una historia preciosa. Te las dejo aquí para que puedas verlas, recordarlas. Yo me quedo con todo lo aprendido, con lo que no se puede guardar en un equipaje, con lo que se lleva dentro.

Por eso, te digo: Gracias. Por todo. Apostamos fuerte, y al final perdimos en consecuencia. Pero nos llevamos más de lo que esperábamos. Solo había que estar atentos.

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