domingo, 3 de mayo de 2015

Pequeña lección de astronomía básica

Los dos estaban tumbados bajo un manto de estrellas.  Supongo que suena típico, pero es que de verdad lo estaban. No voy a mentiros, porque esto es verídico, así que debo contaros todos tal y como sucedió. Como decía, los dos estaban tumbados bajo un manto de estrellas, sobre un manto de hierba, y con un manto de sonrisas por abrigo. Entonces a él se le ocurrió una estupenda idea:

- Venga, pregúntame lo que sea, y te responderé.
+ ¿Lo que sea?
- Claro, lo que sea -aunque él esperaba una pregunta en concreto-.
+ ¿Qué son las estrellas fugaces?
- Vaya. Creo que sería mejor que preguntásemos a un astrónomo…o buscásemos en la wikipedia.
+ ¡Pero bueno! ¡Quiero que me contestes tú!
- Vale, vale. Escucha atentamente, porque será la primera y última vez que te cuente esta historia:

Hace mucho, mucho tiempo (como suele pasar con las historias más mágicas), la noche en la Tierra era siempre muy oscura. En esa época, ni siquiera había Luna, pero eso es otra historia que contaré llegado el momento, una historia más antigua que Selene y Endimión. Pero como digo, todo a su tiempo.

Pues bien, la noche era muy oscura. Más oscura que un baño sin luz ni ventanas, más oscura que una sonrisa desdentada. Más oscura y fría, en fin, que un Invierno sin ti.  Esto tenía una explicación. El Dios del Cielo, el verdadero Dios del Cielo (no ese que se hace llamar Urano) todavía no había nacido. Por tanto, el sólo conocía la oscuridad del vientre de su madre, y no podría plasmar otra cosa en el Cielo. Cuando nació, todo cambió. Ya sabes, por el Día todo el firmamento se clareaba como sus ojos azules, y se trasformaba en un reflejo de su alma. Si estaba contento, el Cielo dejaba ver el Sol y resplandecía la lluvia en tu mejilla. Si estaba triste, el cielo se encapotaba y lloraba como yo si no estuvieras en mi Vida. Por la noche, el Dios del Cielo (llamémosle Celeste) dormía y, dado que sus ojos se cerraban, el firmamento se oscurecía. Esto explica muchas cosas, como porque los días son más largos en Verano, pero eso seguramente lo podrás suponer tú.

En fin, vayamos al grano. Un día el Dios del Cielo conoció a una chica. Ya sabes, esa chica que todos conocemos alguna vez en nuestro camino –esa chica que para mí, eres tú, pensó él, pero se lo calló-. Con esa chica (pongamos que se llama Lis) pudo ver el Mundo con mucha más felicidad. Hasta entonces, Celeste no sabía que, hasta en la oscuridad, se podía ver la Luz. Creía que todo era blanco o negro, Cielo o Tierra, Día y Noche.  Pasó con esa chica la mejor época de su eviterna vida. Pero Lis era mortal y, como tal, no podía ser un compañera para toda la Vida. El último día que se vieron, antes de que exhalara su último aliento, Celeste dijo que no la olvidaría. Que, gracias a ella, había descubierto las cosas buenas que se esconden en las horas más negras. Y juró que intentaría que toda la gente que viviera en la Tierra lo entendiera.

Después de hacer los típicos trámites que hacen las divinidades para estas cosas, Selene decidió tatuarse los párpados. Por dentro. Con muchos puntos. No lo he dicho, pero lo más característico de Lis eran sus pecas. Celeste, por tanto, se tatuó dentro de los párpados, con luz divina, esas pecas que tan bien conocía y tantas veces había besado. Así fue, como desde entonces, cada noche, la Tierra se ve iluminada por millones de puntos luminosos, que no son sino el recuerdo del primer y único amor del Dios Celeste.

¿Te ha gustado?

+Sí…pero…había preguntado pos las estrellas fugaces.

-¡Ah! Sí, perdón. Es que necesitaba contar esto antes. ¿Sabes que las almas están hechas de la misma Luz divina que el tatuaje de Celeste, no? De hecho, por eso se dice que estamos hechos del mismo material que las estrellas. Cuando morimos, nuestras almas van al Universo, a formar parte de todo y ser un todo con la inmensidad de las Galaxias. Entre tantos puntos luminosos, en esta negrura insondable, existen millones de almas. No podemos verla porque hemos perdido esa mirada que, hace milenios, se enseñaba. Pero en toda esa negrura existen miles y miles de almas que observan nuestras vidas, esperando que nos reunamos con ellas y podamos ser parte del firmamento; para hacerlo más bonito, más grande, más bello.

Total, Lis, lógicamente, tenía alma. Y, lógicamente, está en el firmamento. Pero, a diferencia del resto de ánimas, ella no observa a los mortales. Está demasiado emocionada observando cada noche ese mapa de pecas que su Dios plasmó para la eternidad.


¿Las estrellas fugaces? Bueno, las lágrimas son pequeñas partes del alma. Pequeña luz divina. Y digamos que Lis también llora.

2 comentarios:

  1. Es precioso, una leyenda perfecta que contar a los niños pues las leyendas no tienen edad, pueden ser ancestrales o de hace solo unas horas.

    Felicitaciones, me ha parecido un relato magnífico.

    ¡Te sigo!

    Besos de tinta

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    1. Muchísimas Gracias! La verdad es que en este blog suelo poner más poesía así que me daba como cosa por si no encajaba la historia. Pero veo que ha gustado a gente así que me alegro ^^ Te sigo también!

      Un abrazo! ^^

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