sábado, 26 de agosto de 2017

Nunca, siempre


-Perdón, ¿puede traerme otra caña?

Esperé a que el camarero me la trajera, y de un trago me bebí la mitad. Llevaba ya tres horas allí sentado, y pronto iban a cerrar el local. “Otra tarde solo”, pensé. Terminé el libro que estaba leyendo, y lo guardé en la mochila. Llevaba esperándola, exactamente, cinco novelas, dos libros de relatos cortos y un poemario.

Pero nunca venía.

“En este bar nos encontraremos, dentro de cincos años, si todavía sigues pensando en mí. Te quiero”. Eso fue lo último que me dijo, y se despidió. Habíamos comprendido que el amor no era suficiente y, que en aquel punto de nuestras vidas, no podíamos estar juntos. Quisimos darnos un margen, recorrer diferentes caminos, crecer, todo ello pensando que si de verdad estábamos destinados, volveríamos a caminar juntos en un futuro.

Hace dos meses y una semana, exactamente cinco años después de que me dijera esa frase al oído, fue el primer día que volví a este local. Sin embargo, ya no era el bar de siempre. Otro nombre, otros camareros, un ambiente más moderno. Pero continuaba siendo el número quince de esa calle, y estaba seguro de que si ella quería, acudiría a esperarme dentro.

Yo no me la había quitado de la cabeza ni un solo día desde entonces. Ni uno solo. Siempre aparecía a lo largo de mi jornada, de una forma u otra, pero siempre imprevisiblemente, algo que le caracterizaba desde que la conocí. Se presentaba, se esfumaba, volvía a surgir repentinamente, sin explicación. Nunca pude olvidarme de ella.

Sin embargo, el día que entré en este local, no estaba. No la hallé, ni tampoco se mostró por sorpresa. Nada. Ni ese día, ni el siguiente; ni esa semana, ni la siguiente.

Dejé todos los planes que tenía por las tardes; no volví a salir con mis amigos, ni a ir al cine, ni al teatro, ni al gimnasio, ni…a nada. Quería estar, y necesitaba estar, siempre allí, por sí ella aparecía con su vestido rosa, su mirada juguetona, y su sonrisa.

Pero nunca venía.

Todos me preguntaban porque seguía esperando. Me decían que, tras cinco años, lo normal es que nadie apareciera, que se le hubiera olvidado, que le diera igual. Que a lo mejor estaba casada y con hijos; o vivía, por ejemplo, en Argentina; o, incluso, había muerto. Me decían todo lo que se les ocurría para alejarme de aquel bar. Pero yo nunca me moví, nunca cedí. Aunque hubiera una ventisca, aunque estuviera enfermo, aun cuando el bar estuviera cerrado por vacaciones, yo siempre estaba allí, esperando, todas las tardes. Incluso le dejé al camarero una foto suya, por si ella aparecía alguna mañana, cuando yo no podía acudir.  Era consciente de que, probablemente, ya nunca jamás la volvería a ver. No obstante, me daba igual. La gente me decía que, simplemente, no sería nuestro destino. Me daba igual. Yo quería que lo fuera, y pensaba ir, día tras día, aunque fuera por mantener mi promesa.

Pero…nunca venía.

Me levanté, pagué, y salí del local, mientras los camareros recogían las mesas para cerrar. Empecé a subir calle arriba, dirigiéndome al metro.




Los camareros comentaban, mientras bajaban la verja, lo raro que era aquel hombre. Sabían su historia, el motivo de sus esperas, y suponían que había perdido la cabeza. Pero, mientras consumiera, no les molestaba. Cuando se iban a ir, vieron que el bar de enfrente también estaba cerrando, y despidieron a sus compañeros de la otra acera con la mano.

Mientras, en aquella otra acera, caminaba una mujer que llevaba exactamente siete novelas, dos libros de relatos cortos y un poemario esperando al que ella creía que era el hombre de su vida, al cual no veía desde hacía cinco años, dos meses y una semana.

Pero nunca venía.

Se alejó en dirección a la marquesina más cercana, a coger el autobús que le dejaba en su casa. Al mismo tiempo, los camareros de aquel local, que se llamaba “El Quince”, por estar en ese número de la calle, comentaban lo loca que estaba, mientras terminaban de poner el candado en la verja y se iban, sabiendo que mañana volverían a verla.


Porque siempre venía.

lunes, 21 de agosto de 2017

Oración

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen;
por creer en la violencia
e inundar de odio las calles;
por usar tu nombre,
porque en tu nombre maten.

Padre, perdónanos por endurecer nuestra mirada
por volvernos insensibles a la sangre;
por olvidar la que se derrama lejos;
por infravalorar los caídos de otros lugares.
Por este estúpido racismo generalizado
al diferente, al extranjero;
racismo de cobardes
por mirar a las víctimas de la guerra
como si fueran ellos los culpables.

Sálvalos de usar las armas;
salva a los jóvenes de discursos miserables;
no les dejes entrar en el redil
de aquellos que malinterpretan tu mensaje.
De aquellos que utilizan su poder
para mandarlos a la muerte, a causar desastres.

Sálvanos de cerrar nuestros brazos;
de creer que huyen de sus hogares
para conquistar nuestra tierra;
por olvidar que son personas,
más allá de cualquier frontera;
por no caer en la cuenta
de que las banderas son telas pintadas
que no merecen la pena
ni el horror de la guerra.


Ayúdanos, Padre, a todos
a vivir en paz, olvidar las diferencias;
a defender la igualdad, la libertad;
a defender la vida en todas las arenas.
Ayúdanos a luchar contra extremismos
que a ninguno de nosotros nos representan.
A tender la mano a todas las personas,
vengan de donde vengan;
recen a quien recen;
crean en lo que crean;
porque solo hay dos clases de personas:
las malas, y las buenas.

martes, 8 de agosto de 2017

Los amigos de Lodares

 “Homenaje a la Divina Pastora. Fiesta – Encuentro Lodares (León)”.

Así rezaba el cartel que presidía aquel pequeño apartado de la carretera donde mis amigos y yo paramos para visitar la pequeña ermita que se alzaba con vistas al pantano, y que había financiado una conocida de Madrid. De árbol a árbol colgaban pequeños triangulitos de colores, testigos de la fiesta que se avecinaba entre aquellas montañas.

Nos acercamos, pero la ermita estaba cerrada. A través de los cristales veíamos a la pequeña Virgen que, resguardada del calor, y con el Niño en brazos, nos sonreía, con una cara llena de paz. A nuestro alrededor, un par de grupos comían en los merenderos de al lado, y nos miraban con la misma curiosidad con la que nosotros observábamos el entorno y sus aires de fiesta. Entonces, con la naturalidad que existe en los lugares rurales, aquellas personas se pusieron a hablar con nosotros.

Nos contaron como, tras la construcción del pantano del Porma, todos los habitantes de decenas de pueblos tuvieron que abandonar su hogar, en el otoño de 1968, para empezar una nueva vida, con miedo y tristeza. Desde entonces, cada año, a finales de julio, aquellos antiguos pobladores y sus descendientes se reúnen en aquel lugar para rememorar viejos tiempos, para encontrarse otra vez; para, en fin, vivir nuevamente en aquella época por un fin de semana.



“Mirad, mirad eso”. Desde la explanada donde nos encontrábamos, se veían, en el fondo del valle, algunas piedras desperdigadas. “Allí vivíamos”, nos dice Diego, un hombre de sesenta y dos años que, cuando abandonó aquel lugar, tenía la edad de trece. Además del pantano, el tiempo, el abandono y los robos de piedras de aquellas casas hicieron el resto con lo que quedaba del pueblo. Sin embargo, en su memoria sigue reviviendo la tranquila vida en aquellas comarcas.

“Cada vez venimos menos a estos encuentros; cada año faltan dos o tres, que se van muriendo…ya hace mucho tiempo desde que nos fuimos de aquí”; esto lo susurra Gregorio, con sus acuosos ojos brillantes de la emoción. La vida entonces era más difícil pero, en su opinión, “más tranquila y feliz”.

Se oyen algunos motores, y vemos que detrás de nosotros llegan otros dos coches. Algunas familias, que introducen a sus hijos en esta tradición, llegan desde Madrid y Sevilla. “¡Nosotros tenemos llave de la ermita, esperad, si queréis os abrimos!” Un hombre, de unos cincuenta años, se acerca a la puerta de la ermita, mientras todos, entre chascarrillos y por su mote, le advierten de las abejas que pueden salir. “¡Vengo preparado!”; responde el hombre entre sonrisas y con un tubo de insecticida. Efectivamente, al abrir aparecen unas cuantas abejas, mientras el hombre ataca sin cuartel con su spray. “Loli, ¡no entres todavía!” gritan todos a Dolores, quién ha pasado a poner guapa a la Virgen sin miedo alguno a las abejas ni la guerra química que se está desatando a sus pies. “Que no pasa nada, ¡cobardes!” contesta riéndose.



Mientras admiramos el cariñoso gesto de la Divina Pastora y su Hijo, los lodareños nos cuentan como la imagen se perdió y apareció, de repente, en León, desde donde se subió a la Campa de Gamonal, lugar en el cual preside ahora las fiestas anuales. Todo el lugar se viste de gala en esas fiestas y, aunque cada vez son menos, la alegría en sus rostros se deja ver. “Es el fin de semana más feliz del año, sin duda”; nos cuentan con la cara iluminada.

Antes de irnos, nos cuentan algunas historias: como, de jóvenes, iban a las Cuevas, donde acudían todos los jóvenes de los pueblos montañeses, a ligar; como muchos matrimonios se formaron por la construcción del pantano, entre los trabajadores (pantaneros), la mayoría de Galicia, y las chicas de aquellos lugares…pero estas son historias que solo merecen ser contadas, mientras se pueda, por ellos, con su pasión y de viva voz.

Nos despedimos con una invitación para ir el siguiente día, domingo, a celebrar la misa, comer, beber, y disfrutar de música tradicional. Nos vamos con alegría, pero con el poso de tristeza que deja el saber que, si no se hace nada por fomentar esta fiesta, dentro de una década, probablemente, esta ermita esté llena de maleza y avisperos, sin ninguna Loli que ponga guapa a la Virgen, sin ningún Diego que mantenga vivo el recuerdo de aquel pequeño pueblo montañés y sus historias.


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martes, 1 de agosto de 2017

Juntos

Cómo podría irme lejos,
si eres aire en mis pulmones,
si tu ausencia es tres inviernos,
y sin ti, mueren las flores
que cultivo en estos versos.

Cómo matar tus dudas y peros,
si nadie puede mostrar corazones
escondidos bajo el pecho.

Cómo explicar con razones
lo que solo demostrará el tiempo.

Cómo ayudarte, 
si yo a veces también desespero,
también pienso que te pierdo,
y también me mata por dentro
el mañana y su misterio.

Cómo parar los temblores,
si me nacen de este miedo,
a perder tu piel, su roce,
si también me ataca el temor,
si también muero,
cuando mi inseguridad habla a voces.


Pero calla, no llores;
nos ayuda el recuerdo:
lo que hemos pasado 
demuestra que podemos;
y que no hay que temer al futuro,
porque solo hay una forma de escribirlo:
permaneciendo, por siempre, juntos.



sábado, 24 de junio de 2017

Perdón

Perdón que todo lo sana,
perdón que todo lo arregla;
perdón que las aguas calma.

Cicatriza la herida abierta;
cambia el dolor por alegría;
perdón que siempre acierta.

Confianza que se fía,
esperanza que vuelve,
perdón que da vida.

Setenta veces siete;
perdón que nace del amor,
se atreve, invierte;

tu perdón, corazón,
que se convierte en la simiente
de todo lo que nos espera,
de nuestro “felices para siempre”.





jueves, 1 de junio de 2017

Humo

Rutina, hastío, gris condena;
Laberinto sin atajos, sin salida;
Encerrados sin encontrar una pista,
Con tanta desolación, tanta pena.

Antes castillos, ahora cadenas;
Silencio cómplice sin risa.
Antes pareja, ahora ni amiga;
Nos reconocemos como sombras, apenas.

Antes sorpresa, encontronazo, ilusión;
Ganas de comerse el mundo,
De quemar a encuentros el colchón.

Ahora, cambio de rumbo;
La rutina se come al amor:
De nuestro incendio, solo humo.

Basado en “Trabajo, piso, pareja”

lunes, 15 de mayo de 2017

Fin de la guerra

Tu risa no romperá más el silencio;
ni tus ojos descubrirán este mundo.
La metralla, fría, desvió tu rumbo;
te desahució de este inmenso Universo.

Nuestro vacío se quedó sin remedio
ahora que tu presencia es humo;
ya no somos tres, solo somos uno y uno;
y mi corazón, únicamente es hueso.

En el aire vibra sonora tu ausencia,
nuestra rabia contenida entre estos muros;
las marcas de una historia disecada.

Sin querer, queriendo, tu recuerdo regresa;
el verano se entristece, más oscuro.
El pueblo celebra que terminó la batalla.

¿Acaso tu risa volverá a nuestra casa?